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sábado, 27 de febrero de 2021

Dos historietas colombianas

A propósito de los diez años de publicación de "Virus Trópical", de powerpaola y "Parque del Poblado", de joni b, esta reseña que escribí en 2011 sobre ambas historietas para la Revista Universidad de Antioquia:


La historieta en Colombia parece atravesar por un buen momento, por lo menos desde la última década del siglo pasado, cuando se registró un movimiento del cómic nacional con revistas como ACME, TNT y Agente Naranja. Una de las razones del nuevo, aunque aún muy tímido, auge de la historieta en el país tiene que ver mucho con el uso que se ha hecho de la Internet para su difusión. Mientras otras manifestaciones artísticas, como el cine y la música, le temen a la red de redes porque amenaza con acabar o modificar drásticamente la industria montada a su alrededor, o mientras la literatura se asoma tímidamente en los nuevos dispositivos tecnológicos, que compiten con el libro, la historieta está más viva que nunca en páginas web, web blogs y redes sociales.

Ese fenómeno global del cómic en la Internet se da también en Colombia, aunque aquí no existe una tradición real de historietas. Entonces, lo que antes parecía no existir ahora empieza a mostrarse con un puñado de buenos dibujantes nacionales, que empiezan primero a mostrar su trabajo en la Internet y luego alcanzan el papel.

Dos sucesos editoriales en el mundillo del cómic nacional,  con reciente aparición, son un ejemplo de ese panorama positivo de la manifestación en el país: Virus Tropical, de Paola Gaviria (powerpaola) y Parque del Poblado, de Johnny Benjumea (joni b).

Virus Tropical ha sido editado por La Silueta en tres tomos (el primero es una edición de 2009: y el tercero y último data de 2011, todos editados en Bogotá) y la argentina Editorial Común ha decidido editarlo este año en un solo libro. Lo que Paola cuenta en Virus Tropical es parte de su vida, o mejor, parte de su vida familiar porque aquí los protagonistas son su familia: su padre, exsacerdote y ahora casado con una mujer muy conservadora, y cuyo matrimonio ha tenido como fruto tres hijas: Claudia, Patty y Paola. La novela gráfica empieza con una imagen potente pues se trata de los padres de Paola en el momento mismo de la concepción de su autora (arriba de la explicita viñeta aparece un “Quito, 1976”) y a partir de ahí vamos a ir conociendo a la familia de Paola, primero desde la ciudad de Quito (Ecuador), lugar de la primera infancia de la autora, la separación de los padres, y luego la vida de colegio y adolescencia en Cali. Las historias que cuenta Paola en su Virus Tropical parecen estar hechas sin concesiones a ninguno de los personajes reales, éstos aparecen tal y como son. Sus manías, egoísmos, males y virtudes están reflejados en la historieta de una manera muy real. Quizás ahí esté el primer atractivo de la obra y es que ninguno se salva de las circunstancias, no hay buenos ni malos, sino una familia tratando de sobrevivir a las adversidades.

Otro asunto interesante del libro de powerpaola es su dibujo. Se trata de un cómic construido con una estética feísta, con un trazo lleno en detalles y con unos rayados que, en ocasiones, parecen demenciales (o por lo menos apasionados). Ese tipo de dibujo le aporta más fuerza al relato, porque amplifica algunas de las tensiones que aparecen en la narración. Al mismo tiempo es un dibujo automático, sin bocetos y, muchas veces, dibujado directamente en tinta sobre el papel. 

La otra grata novedad editorial es Parque del Poblado (beca de creación de la Alcaldía de Medellín, 2010. Editorial Robot, Medellín, 2011) que, como ya nos lo anuncia su titulo, se trata de una historia enmarcada en el parque de El Poblado, en Medellín. Una sola noche entre tragos y amigos es lo que cuenta Jhonny Benjumea en este relato corto en historieta. Ahora, lo más interesante de Parque del Poblado es que su autor logra, con la historia y con su dibujo, ubicar un momento y un espacio justos de lo que podríamos llamar la historia de Medellín, un momento de la ciudad en que los jóvenes (o jóvenes adultos) buscan formas de socializar más allá del bar, más allá del recinto cerrado y se lanzan a la calle a hacerse dueños de ella, con tragos de alcohol, tabaco, amigos, charlas, amores y desamores, música y también con algunas drogas de consumo ilegal. Y todo eso sucede, por lo menos en este libro de Jhonny, en un lugar muy específico: El parque de El Poblado. Entonces, en parte, leemos esta historieta como en clave generacional, no sólo por el lugar y el momento en que sucede, sino también por la forma en que Rafael, Alex, Viviana y los demás personajes, se expresan entre sí, los ademanes que usan, la forma de increparse y de agasajarse, parece un pequeño manual del estilo del comportamiento de un fragmento de esa generación de jóvenes adultos que se encuentran cada fin de semana en el parque de El Poblado, en Medellín. Toda la historia de Rafael y sus amigos, en Parque del Poblado, sucede en una noche, al parecer no pasa nada, pero quizás pasa todo: pasa delante de nuestros ojos esa generación de cervezas, ron o aguardiente; esos jóvenes adultos del cigarrillo y el porro, pero también de la música, del cine, de los amores, de las batallas pírricas, de lo aburrido que será llegar definitivamente a adulto. Pasan los rincones del parque, de su tiendecita de la esquina, del bar de la esquina opuesta, de la terraza en la tienda Saldarriaga, de los jardines y macetas del mismo parque, del acopio de taxis en el borde occidental de aquel mundillo dibujado por Jhonny Benjumea.

Parque del Poblado no sólo es una pequeña pero significativa historia, envuelta en un libro bellamente editado,  sino que se trata también de una historieta muy bien dibujada. Sorprende cómo el autor traza al dedillo todas y cada una de las locaciones en que se desarrolla la historia, claro que hay una respuesta para eso: el autor se ha documentado antes de hacer su historieta, ha ido a tomar las respectivas fotografías para que su memoria no falle a la hora de sentarse frente al papel en blanco. La estrategia le ha resultado porque, con un pincel entre formal y desenvuelto, Jhonny ha logrado captar no sólo las locaciones reales, sino la atmosfera del lugar, lo que se siente y respira una noche de viernes, o de sábado, en el parque de El Poblado.

Estos son sólo dos ejemplos de ese pequeño repunte del comic nacional. Hay ingentes esfuerzos desde el eje cafetero (específicamente desde Armenia) con la Revista Larva, dirigida por Daniel Jiménez; desde Bogotá con obras como las de Andrezzinho, John Joven e Inu Waters: desde Cali con fanzines del joven autor Luto o, desde Medellín, con la gacetilla Robot y el trabajo de Tomás Arango. En las listas de autores siempre quedan algunos por fuera, espero que se me hayan quedado muchos porque quisiera que el nuevo impulso, del cómic nacional, deje de ser de unos pocos y cada vez haya más gente dibujando y que yo, necesariamente, no los tenga que conocer.

Álvaro Vélez (truchafrita).
Originalmente en la Revista Universidad de Antioquia (2011).


miércoles, 8 de noviembre de 2017

El cómic en Colombia no existe

Esta frase, con la que encabezo esta larga perorata, y que la he dicho en charlas, entrevistas y conversaciones con amigos, me ha granjeado miradas de desaprobación, feos encuentros, burlas y calificativos nada gratos hacia mi persona y hacia lo que hago. Voy a explicar, por última vez y esperando que dicha explicación aclare de una vez y por todas mi afirmación, para que la discusión acerca de este asunto y de otros más, sobre la situación de la historieta en Colombia, avance.
El comic en Colombia no existe porque la manifestación no se encuentra inmersa en la sociedad colombiana. Claro que hay dibujantes, claro que hay publicaciones, pero el impacto que genera la historieta en Colombia es casi nula. Muchas veces me preguntan por qué la historieta no ha tenido ese impacto, mi respuesta es clara: no existe una tradición continuada de la historieta en Colombia. Claro que hay gente dibujando desde principios del siglo XX, claro que hay casos de dibujantes a mediados del siglo pasado, de la década de 1960, 1970 y demás, pero son sólo eso: “casos" Se trata de “anécdotas” dentro de un largo siglo en donde no se logró cuajar una verdadera tradición, en donde los dibujantes de ahora pudiéramos sostenernos para seguir construyendo. Pero no sólo eso, una tradición que le mostrara a una sociedad que la historieta es una manifestación artística que puede hacer parte del baluarte cultural de una sociedad (como la música, la literatura, el cine, etc.).
Decir que no existe no quiere decir que niego mi propio oficio, eso sería absurdo. Mucho menos, decir que el cómic en Colombia no existe es desconocer esos logros esporádicos, y muy loables, pero cortos a la hora de hablar de una manifestación que cale en la sociedad. Decir que no existe es decir que no se encuentra en el imaginario de la sociedad. Yo dibujo historietas, pero en Colombia, mi oficio no tiene ningún valor para el común habitante del país. No existe en el imaginario, porque no hay una constante en términos de circulación, de creación, de publicación, de lectura.
Para que la historieta exista en, por ejemplo, Colombia se necesitan en principio cuatro instancias, las cuatro se complementan, se alían en una relación de mutuo apoyo:
Los lectores, que son la base de todo este asunto. Pero lectores conscientes de lo que van a “consumir”, lectores que busquen (aunque a veces se encuentren) obras de su gusto, dado por su propio criterio (un criterio creado por años de lecturas juiciosas), por sus propios referentes (o dados por otros, o por una crítica de la historieta). Se necesitan lectores de historietas, un público ávido de leer, no gente curiosa por una moda. Porque ese es el problema real en el que podemos estar cayendo: que esto sea simplemente una moda, y cuando la moda pasa quedan los escombros (y los pedazos los recogeremos siempre los que hemos estado en este mundillo más allá de la “moda”).
Autores. O por lo menos dibujantes. Cuando me refiero a autores, es gente que asume el dibujo de la historieta como un oficio. Esto no se consigue de la noche a la mañana, por varias razones: porque la historieta no deja dinero, no es un oficio rentable, entonces hay que asumir que si se va dibujar va a haber un largo periodo en donde no se va a recibir un solo peso de lo que se hace (sería maravilloso ganar desde que se empieza, pero en casi todas las profesiones y oficios siempre hay un periodo de aprendizaje, con la excepción de que en el mundo de la historieta este periodo puede durar años y hasta décadas). Entonces empiezan las deserciones porque se cree, en el calor de la pasarela, que dibujar es pararse con una cerveza en una reunión y saludar gente. Dibujar historietas, como oficio, es pensar todo el maldito día en ello, cuando no se está dibujando (cuando se está dibujando es sentar el culo horas y horas, incluso sabiendo que lo que estás haciendo no le va a importar a nadie y no vas a recibir un peso por eso). Hay pocos en Colombia que tienen el oficio. Qué tremendo daño le hacen a la historieta esos que como golondrinas se pasan un rato por el cómic y luego emigran hacia el Diseño Gráfico, la Publicidad, el tatuaje, porque parece que por allá si hay dinero (si eres no de esos te imploro honestidad, para que no hagas daño por estos lares). El autor tiene la historieta como una pulsión, creo que eso es lo que me gustaría que hubiera más en Colombia.
Editores, los hay pero pocos. Ojala haya más (como en todos los casos), porque la historieta es muy amplia en estilos, estéticas y contenidos, y se necesitan editores que publiquen una amplia variedad de historietas en estilos, estéticas y contenidos, con diferentes formatos, con diferentes precios, para diferentes públicos. Pero, paremos: el cómic no existe en Colombia porque los editores no editan cómics. No editan porque la gente no compra historietas (no hay lectores para una oferta amplia) y hay muy pocos dibujantes que puedan suplir la variedad que podrían ofrecer los editores.
Críticos. De estos sí que no existen… Primero, porque no hay espacios para hablar de historieta (prensa, radio y, mucho menos, televisión). El crítico, o por lo menos el comentarista o reseñitas, de historietas es fundamental en toda la cadena, es el enlace entre lectores y autores, entre las editoriales que quieren poner sus títulos en manos de lectores, por medio de un comentario, una reseña o una crítica en, por ejemplo, prensa.
La prensa está de espaldas a la historieta. Lo que antes era la columna vertebral de la divulgación del cómic en el mundo, en Colombia no existe (y casi que tampoco ha existido antes). Sé que hay otra dinámica ahora, que la prensa ya no es tan importante, pero si consideramos ese olvido histórico, esa indiferencia de tradición de la prensa colombiana frente a la historieta el panorama se vuelve aún más desalentador.
La completa ignorancia del público, en general, frente a la historieta. Por ejemplo, aquí le dicen “caricatura”, y esa es una manifestación muy bonita pero no es cómic. Hagan el ejercicio de preguntarle a alguien en el calle si conoce o a leído una historieta en su vida y verán que responde (no saben qué es eso, con qué se come. No está en su imaginario cultural). Unos dibujantes, con oficio, que sobreviven de otras profesiones, a pesar de que les encanta hacer historietas (y a pesar de todo, y frente a todos los obstáculos: económicos, de la indiferencia, de la ignorancia, siguen dibujando). Unos editores, que ahora miran más que editar de afuera o buscando fórmulas para lograr ventas en historietas, y a quienes no se puede criticar porque aquí no hay quien compre lo que se hace aquí y, además los dibujantes somos muy malos, porque en parte se nos paga muy mal por lo que hacemos (y no le hemos dado el suficiente tiempo a desarrollar a cabalidad nuestro oficio, por trabajar en otras maricadas). Y una crítica inexistente, para comentar o reseñas obras de cómic colombiano que no existen, y para un público que, además de que no lee nada, le hace ascos al cómic porque “la caricatura es para niños”.
Insisto, hay lectores, hay dibujantes, hay editores y uno o dos críticos o reseñistas. Es maravilloso, y hasta increíble, que los haya en una situación y un ambiente como este. Pero eso no hace que exista el cómic en Colombia. Existen ésos, pero no una verdadera manifestación que cale en un porcentaje importante de la población. Son casos, anécdotas, bonitos ejemplos de gente esforzándose. Todo eso suena muy lindo, muy romántico, pero si queremos que la cosa funcione tenemos que decirnos las cosas como son.
Porque esa frase que tanto molesta a muchos (y que se supone que es una negación de mí mismo oficio, y que obviamente no es tal, porque no soy tan pendejo como para negarme más de dos décadas dibujando historietas) se dice para que despertemos, para empezar a sudarla duro a ver si los nuevos lectores disfrutan de eso tan bonito que muchos hemos disfrutado toda la vida. A ver si a los dibujantes se les dignifica, a ver si los editores empiezan a recibir el dinero que se merecen por su esfuerzo, y a ver si los críticos nos ayudan a saltar hacia otros niveles de la estética y la narración en las historietas.
Espero que haya quedado un poquito claro de por qué digo que en Colombia el cómic no existe (sino, hablamos en los comentarios de abajito).


Álvaro Vélez (truchafrita)