Después de la resaca de las elecciones presidenciales en Colombia, y del campeonato mundial de fútbol, de Brasil 2014, veía la luz la edición 126 de tu gacetilla amiga (sí, la de siempre, la de comiquitas). En esa ocasión (en julio de 2014) colaboraron para que fuera posible Luto, Marco Noreña y Truchafrita (ah, y con la participación especial del siempre recordado dibujante español Nazario). Fue una buena época, fueron buenos cómics, fue una buena edición esa gacetilla de ROBOT. Por eso, esta vez, está aquí para que ahora la disfrutes en digital:
viernes, 18 de septiembre de 2015
miércoles, 19 de agosto de 2015
Edición ciento veinticinco
La decana de las gacetillas de cómics en Colombia, Robot, salía con su edición 125 en junio de 2014. En pleno campeonato mundial de fútbol (el de Brasil 2014) los cómics seguían fluyendo (puede llover, llorar, tronar o caer rayos y Robot siempre saldrá) con colaboraciones de Luto, Truchafrita y una intervención de Scott McCloud. Aquí está la edición en digital:
miércoles, 12 de agosto de 2015
El mayor coleccionista de cómics del mundo
Ser
coleccionista es una actividad apasionante, rigurosa, aplastante y angustiosa.
Debe haber una especie de neurosis en la persona que convierte en una obsesión
el juntar objetos —qué importa de qué tipo sean estos—, y clasificarlos ayudado
por la fecha de su fabricación, por quién lo construyó o creó, por el lugar en
donde fue hecho o por alguna anécdota relacionada con esas tres variantes.
Wimbledon Green
es un sujeto de esos, un coleccionista que ha hecho de su vida una obsesión por
poseer los más singulares cómics de la llamada época de oro. Historietas de la
década de 1940 en formato de comic-book
son su objetivo; recorre infinidad de lugares en busca de las piezas que le son
esquivas, sobre todo aquella historieta que se le ha escapado toda su vida y
que persigue como quien busca el Santo Grial. Estamos en presencia pues del
mayor coleccionista de cómics del mundo, el mismo Wimbledon Green se ha
autonombrado así, aunque algunos de sus adversarios en el coleccionismo de
historietas no están tan del todo seguros pues, incluso, lo han llegado a
acusar de maniobras poco leales, y poco legales, para conseguir ejemplares y
colecciones enteras.
Tal personaje
merecía una historia larga y tendida. Por eso ha sido el dibujante canadiense
Seth (seudónimo de Gregory Gallant, 1962) quien se ha encargado de sacarlo de
sus cuadernos de bocetos, en donde fue creado y en donde la historia tomó
vuelo, hasta convertirlo en un libro. Wimbledon
Green (Ediciones Sinsentido, Madrid, 2011, para la edición en español) es
una obra que retrata justamente ese mundo del coleccionismo en cómic, con la
ayuda de una muy entretenida historia acerca de este personaje de ficción, sus
aventuras y la rivalidad con otros coleccionistas de historietas.
Esta es una obra
un poco diferente a las que nos tenía acostumbrado Seth en libros como La vida es buena si no te rindes, y es
el inicio de un díptico que se completará con George Sprott 1894-1975. Seth muestra en Wimbledon Green una narración fragmentada en donde el lector pasa
de ser espectador de las aventuras de búsqueda y rivalidad con los demás
coleccionistas, a sentarse y escuchar la opinión de un librero, de un simple
lector de historietas o de uno de sus rivales acerca de la misteriosa vida de Wimbledon
Green. Además, el relato sufre cambios de tiempo en los que, muchas veces,
retrocedemos para conocer algún detalle clave acerca del mayor coleccionista de
cómics. De esta forma vamos desentramando la misteriosa, desparpajada y
excéntrica personalidad de Wimbledon Green.
La historieta
está construida en un montaje de pequeñas viñetas (en algunos casos hasta veinte
por página), en donde el detalle se sacrifica por la acción y el ritmo que
lleva la historia. El dibujo también es un poco simple, en parte por el tamaño
reducido de las viñetas, y recuerda mucho esas historietas de los años veinte,
recopiladas luego en unos protocomic-books por
allá en los treinta y cuarenta, que llevaban el nombre de funnies. Todo esto privilegia la historia que Seth quiere contar,
todo un asunto de obsesión por las publicaciones de cómic: la rivalidad entre
grandes coleccionistas; las huidas, persecuciones y reencuentros desagradables
entre enemigos de afición; las anécdotas alrededor de los hallazgos y perdidas;
la satisfacción de encontrar un ejemplar que se creía perdido; la búsqueda
incansable de ese Santo Grial del cómic y el mayor anhelo por ser el
único que tenga la más grande colección de historietas del mundo.
Pero también el
montaje, el dibujo y parte de esa narración entrecortada que aplica Seth en Wimbledon Green viene de la influencia
del estadounidense Chris Ware, quien durante más de tres décadas ha ido
abriendo frontera en los cómics y mostrando otro tipo de estéticas. No en vano
Seth inicia su libro así: “dedicado a mi amigo Chris Ware, que sigue mostrándome
el camino”.
Wimbledon Green es una obra que surge directamente del cuaderno de dibujo de su autor y quizás por eso es un cómic fresco, suelto y divertido, que recuerda las historietas de antaño y que, al mismo tiempo, está parado estética y narrativamente en nuestros tiempos. Además es una obra sobre un asunto apasionante y que, al mismo tiempo, le ha hecho un daño terrible a las historietas: el coleccionismo.
Álvaro Vélez (truchafrita)
Wimbledon Green es una obra que surge directamente del cuaderno de dibujo de su autor y quizás por eso es un cómic fresco, suelto y divertido, que recuerda las historietas de antaño y que, al mismo tiempo, está parado estética y narrativamente en nuestros tiempos. Además es una obra sobre un asunto apasionante y que, al mismo tiempo, le ha hecho un daño terrible a las historietas: el coleccionismo.
Álvaro Vélez (truchafrita)
jueves, 23 de julio de 2015
Edición ciento veinticuatro
Hace un poco más de un año estábamos a punto de sufrir la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Como casi siempre los candidatos a la presidencia fueron pura basura, pero en este caso se trataba de dos caballos de Uribe... En fin, nosotros en esa edición, de mayo de 2014, proponíamos que votaran por Robot, pues pensábamos que era la mejor opción para ser el presidente de la República. No sobra decir que no nos hicieron caso, y ahora todo el mundo llora...
Desde las oficinas de la decana de las gacetillas de cómic en Colombia, Robot, les regalamos esta edición digital, la ciento veinticuatro. Y les decimos también que chupen por brutos, que sigan llorando sobre la leche derramada por no haber votado por Robot a la presidencia de Colombia.
martes, 21 de julio de 2015
El fin del amor romántico y el diario de un putero
“¿A quién le
importa si una mujer decide cobrar por sexo?”, se pregunta Robert Crumb en el
prólogo del libro Pagando por ello,
memorias en cómic de un putero (Ediciones
La Cúpula, Barcelona, 2001), del canadiense Chester Brown. Con un dibujo
sencillo y minimalista, Brown nos conduce por sus experiencias con la
prostitución en la ciudad de Toronto. El inicio del periplo de Chester Brown es
sencillo: cansado de la entrega absoluta y las condiciones que supone mantener
una relación romántica, decide romper con su novia Sook-Yin
y resuelve, simplemente, ir de putas con la premisa de que en toda relación
siempre se paga algo a cambio de poder tener relaciones íntimas.
Antes de dar el
primer paso hacia el mundo del sexo pagado, el autor intercambia opiniones con
sus amigos y colegas dibujantes Seth y Joe Matt, al igual que con su amiga Kris
Nakamura, lo que nos permite como lectores asistir a diálogos donde la moral, la
higiene, las normas, las opiniones subjetivas, las costumbres y los mitos
alrededor de la prostitución y del amor romántico van ubicando a los personajes
en diferentes posiciones. Claramente, el enfoque de Chester Brown es objetivo:
si quiero tener sexo y no puedo acceder a él en el amor romántico, porque me es
complicado manejar otros aspectos de ese tipo de relación, entonces simplemente
pago por ello.

A partir de esa premisa, y después de indagaciones e intentos por relacionarse con prostitutas, Chester Brown consigue por fin su objetivo. De esa forma el relato toma vuelo porque el autor va contando, en una especie de diario con fechas y con las mujeres con que se relaciona, sus experiencias con el sexo pagado. El libro está dividido en capítulos, cada uno de ellos relacionado con una prostituta y con los encuentros con ésta. A veces, y como es lógico, va a visitar más de una vez a una mujer, entonces se estrechan más la relaciones y el autor nos regala, además de la consabida relación sexual dibujada, una conversación poscoito que muchas veces es más reveladora que el intercambio de fluidos que la precedió.

A partir de esa premisa, y después de indagaciones e intentos por relacionarse con prostitutas, Chester Brown consigue por fin su objetivo. De esa forma el relato toma vuelo porque el autor va contando, en una especie de diario con fechas y con las mujeres con que se relaciona, sus experiencias con el sexo pagado. El libro está dividido en capítulos, cada uno de ellos relacionado con una prostituta y con los encuentros con ésta. A veces, y como es lógico, va a visitar más de una vez a una mujer, entonces se estrechan más la relaciones y el autor nos regala, además de la consabida relación sexual dibujada, una conversación poscoito que muchas veces es más reveladora que el intercambio de fluidos que la precedió.
Pero el putero y dibujante es respetuoso en su relato, cambia el nombre de las prostitutas y, a pesar de que es dibujado, nunca se ve la cara de alguna de ellas porque las ubica sin mostrar el rostro o, simplemente, cubre su cara con un globo de diálogo. También cuida de dar una información detallada de la vida personal de cada una de las chicas con las que se acuesta. En todos estos sentidos Chester Brown es absolutamente respetuoso con sus encuentros sexuales, a pesar de que en los mismos su dibujo es explícito al punto de que podemos entrar en la intimidad de sus relaciones con las prostitutas y de asistir, como un típico voyerista, a las sesiones de sexo (como si fuera poco, el libro viene recomendado por algunas organizaciones y líderes de trabajadoras sexuales en Norteamérica).
La construcción
formal del cómic Pagando por
ello, memorias en cómic de un putero, es bastante
atractiva quizás por lo que parece no mostrar: es un dibujo con pocos detalles
y en un montaje con pequeñas viñetas. Chester Brown no hace alarde de grandes
escenarios, mantiene casi siempre los mismos planos (medios, enteros y
generales) y las posturas, en los momentos del sexo explícito, son
completamente “normales”. Esto quizás reduzca la carga erótica, y hasta
pornográfica, del cómic en su superficialidad, pero aumenta el interés por lo
que el autor quiere mostrar más allá de sus experiencias con la prostitución:
que la misma no debería tener una carga moral tan fuerte porque se trata de una
relación entre adultos, con consentimiento de ambos. ¿Qué diferencia puede
haber entre el sexo dentro del amor romántico y el de la prostitución, si
ambos, al final de cuentas, tienen que ser pagados con algo? Parece
preguntarnos Chester Brown a lo largo del relato, en sus encuentros con las
prostitutas, en las conversaciones con ellas o con sus amigos acerca del
asunto.
Este libro, además, va más allá de un simple diario de putas. Chester Brown ha agregado al final del relato en cómic una serie de anexos que explican no sólo la forma tan detallada y respetuosa como construyó el relato sino además, y más importante aún, sus opiniones sobre la normalización de la prostitución en Canadá, sobre cómo es vista esta práctica en un mundo machista y de doble moral, además de explicar el hecho de que la prostitución ejercida de manera libre, con el consentimiento de ambas partes, es una transacción normal y beneficiosa para quienes la practican.
Este libro, además, va más allá de un simple diario de putas. Chester Brown ha agregado al final del relato en cómic una serie de anexos que explican no sólo la forma tan detallada y respetuosa como construyó el relato sino además, y más importante aún, sus opiniones sobre la normalización de la prostitución en Canadá, sobre cómo es vista esta práctica en un mundo machista y de doble moral, además de explicar el hecho de que la prostitución ejercida de manera libre, con el consentimiento de ambas partes, es una transacción normal y beneficiosa para quienes la practican.
Finalmente, y como lo vamos descubriendo, Brown
desecha por completo el amor romántico y termina construyendo su vida sexual
alrededor del sexo pagado. Pero no todo es vacuo y frío como parece, pues el
mismo Chester Brown termina “enamorado” de una prostituta llamada Denise, o por
lo menos teniendo con ella una especie de relación de monogamia donde,
obviamente, el dinero está aún de por medio. El autor se despide del relato en
una calle de Toronto, mientras conversa con su amigo y colega Seth y lo pone al
tanto de su nueva relación de monogamia pagada: “Así que pagar por sexo no es
una experiencia vacía si estás pagando por sexo a la persona adecuada”.
Álvaro Vélez (truchafrita)
Álvaro Vélez (truchafrita)
miércoles, 20 de mayo de 2015
Edición ciento veintitrés
Una edición que vio la luz en abril de 2014, cuando salió en papel. Con las colaboraciones de Diego Guerra, Byron Vélez y Truchafrita. Aquí va, en digital, para deleite de chicos y grandes.
lunes, 13 de abril de 2015
Una bruja, un gato y un búho, dibujos de un travesti
Ese
día Búho cumplió años y sus amigos, después de hacerle un mal comentario,
decidieron resarcir su afrenta regalándole un cigarrillo de marihuana e
invitándolo a lo que sería su segundo regalo de cumpleaños: toda una sorpresa. En medio de un mal vuelo montaron a Búho
en un automóvil y lo llevaron donde su amigo común Warewolf Jones. En casa, los
tres amigos: la bruja, el gato y Warewolf Jones, decidieron mostrarle su
segundo regalo sorpresa a Búho: lo condujeron a una habitación vacía y, al
someterlo, decidieron sodomizarlo. Después de un rato de vejación, Búho logró
liberarse de sus amigos y estos celebraron, al unísono, el maravilloso regalo
sorpresa que le habían dado a su amigo. Como era de esperarse, días después,
Búho se sentía muy mal, ultrajado, mancillado, por eso la bruja y el gato
decidieron alegrarlo regalándole un juego de video y una bolsa con marihuana;
al final Búho sintió que esos eran sus verdaderos amigos.
Historias como estas aparecen en el libro
de cómics Hechizo total (Ed.
Fulgencio Pimentel, 2014), de Simon Hanselmann. Se trata de una serie de
situaciones que, en su mayoría, involucran a tres amigos que viven juntos: una
bruja, llamada Megg, el gato Mogg y Búho. Pero su relación es un poco más
particular pues casi todo el tiempo se la pasan intoxicados de alcohol,
marihuana, metanfetaminas y, quizás, porque no parece muy claro, de crack. Hay
pipas y botellas por todos lados de la casa, además de un caldero donde Megg
también parece mezclar drogas. Es una típica casa de yonquis.
A pesar de lo que se pueda pensar, Hechizo total no es un libro pesado,
denso o depresivo; todo lo contrario, se trata de una serie de historietas
frescas, con algunos pases de absurdo, de nihilismo, pero sobre todo muy
divertidas e hilarantes. Las aventuras de estos tres, sumadas a las apariciones
esporádicas del mago Mike y del casi impotable Warewolf Jones, son en muchos
casos para reír a carcajadas (bueno, eso como siempre depende de los prejuicios
que cargue a cuestas el lector). Megg y el gato Mogg son novios, y casi todo,
incluso drogarse, lo hacen juntos. Búho, en cambio, siempre trata de corregir
el rumbo de su vida, de dejar las drogas, de enderezarse, de conseguir un
trabajo y una relación amorosa estable, pero todo parece torcerse y volver por
el camino malo de la vida. Gran parte de las recaídas de Búho son causadas por
sus amigos Megg y Mogg que, en parte, quieren burlarse de él y, por otro lado,
no quieren que los abandone, o que abandone la vida de esta casi perfecta
relación de trío de yonquis. Ese ir y venir de Búho, entre el buen camino y el
tortuoso mundo de las drogas es parte del leitmotiv
de Hechizo total. Búho es, en muchos
casos, el muñeco de prueba de bromas pesadas de sus dos amigos.
Pero, aún más, Hechizo total es un libro que habla sobre la amistad, no importa en
qué circunstancias se dé o bajo qué tipo de características. Megg, Mogg y Búho
mantienen una relación férrea de amistad que los une en las aventuras, en la
aburrida cotidianidad y en el consumo de drogas. Uno podría decir que el dibujo
de Hanselmann refuerza esa cualidad especial en las historias de Hechizo total, pues sus cómics están
dibujados de una forma naif, con un trazo sencillo y, en algunas ocasiones, con
un coloreado básico en donde abundan los colores planos y primarios. Eso sí,
también vemos una fuerte presencia de un verde amarillo, en el rostro de Megg y
en las sustancias que consumen, que hace de este tono de color un distintivo
estético del libro.
La vida del autor de Hechizo total es también muy particular. Simon Hanselmann (Launceston,
Australia, 1981) viene de una familia descompuesta: su madre es una adicta a la
heroína; criado por su abuela, vivió en medio del mundo del desempleo, la
pobreza y las drogas en Launceston, una población con los más altos índices de
criminalidad en Australia. Así que Hanselmann ha hecho lo de muchos autores,
retratar su propio mundo, en donde se crio y lo que tiene alrededor. Una
particularidad más hace que Hanselmann se destaque, pues es travesti, así que
casi siempre se le puede ver en fotografías muy a gusto con sus vestidos de
mujer. Incluso algunos han visto en esta actitud y en la existencia de la bruja
Megg un álter ego del mismo autor.
Hechizo total es una obra que muchos puede
considerar transgresora, fuera de lo políticamente correcto, que son
características de algunas historietas que ya hemos visto antes en otros
autores —en especial, los del llamado cómic underground norteamericano, de las
décadas del sesenta y setenta, en especial figuras como Robert Crumb—. Pero
Simon Hanselmann lo trae renovado, con nuevos giros que hacen, o vuelven a
hacer reír y a divertir. Se siente un aire fresco en las obras de Hanselmann,
sobre todo en estos últimos tiempos en donde la historieta, y en especial el
formato de novela gráfica, ha tomado un tono tan adusto y serio (tan “adulto”,
pensarán otros). Hechizo total nos recuerda que la historieta
también es para reírnos, para sentir que cometemos alguna afrenta por leer algo
que parece inmoral, impúdico, escabroso, prohibido.
Álvaro Vélez (truchafrita)
miércoles, 18 de marzo de 2015
Edición ciento veintidós
Sin decir mucho, y esperando que esta edición digital diga algo, presentamos el número 122 (marzo de 2014) de la gacetilla robot. Adelante, a leer y olé.
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