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viernes, 3 de julio de 2020

El gran Vázquez

Editorial Bruguera era, a mediados del siglo pasado, una factoría de historietas que se hacían en un proceso similar al industrial. Era necesario cumplir a cabalidad con los tiempos de entregas, para las diferentes publicaciones que manejaba la Editorial. Los dibujantes por lo tanto estaban siempre en una continua labor, en los escritorios de las oficinas de Bruguera, en profunda concentración con su trabajo, pues las distracciones eran vistas como un grave obstáculo a la dinámica de producción de una editorial que no podía darse el lujo de frenar sus múltiples publicaciones.

Pero en toda organización hay elementos que obstaculizan el buen desempeño. O, mejor dicho, individuos que no están dispuestos a seguir el camino de los demás, por el sólo argumento de la prosperidad de la empresa colectiva. En las oficinas de Editorial Bruguera, por allá en los años cincuenta y sesenta, había un “agente” disociador: Manuel Vázquez (Madrid, 1930 - Barcelona, 1995).

 

Es indudable que Manuel Vázquez era el más brillante de los dibujantes de cómics, dentro de la empresa editorial, por lo menos hasta la llegada de Francisco Ibáñez (creador de los famosos detectives Mortadelo Y Filemón) quien por su disciplina y productividad terminó destronando a Vázquez como el mejor de Bruguera. Pero también sería el mismo Manuel Vázquez quien se encargaría de acabar con su propia reputación. A pesar de sus exitosos personajes, como La familia Cebolleta, Las hermanas Gilda o Anacleto, agente secreto, su propia vida parecía eclipsar su excelencia creativa. Vázquez era un moroso empedernido, al parecer nunca logró llegar a fin de mes, y sus cuentas se elevaban cada vez más (sobre todo con el servicio de sastres) lo que propició una serie de engaños en la Editorial: un permiso, y un adelanto, por la falsa muerte de su padre; entregas de historietas con chistes repetidos en ediciones anteriores; páginas de historietas sin terminar; promesas de entregar trabajo con pagos adelantados (obviamente el trabajo nunca llegaba).
 
Pero la vida de Manuel Vázquez no para ahí, se trata de un excelente dibujante, el mejor de su generación, pero también de un autentico caradura, un pillo, un vividor de tiempo completo. Con tal de poder cobrar y salir de la asfixiante atmosfera fabril de Bruguera, Vázquez hacía hasta lo imposible. Pero igualmente es verdad que, en cierto sentido, este dibujante estrella y rufián al mismo tiempo, contribuyó a que las condiciones en el trabajo de los dibujantes de historietas en España fuera de un poco más de respeto. Es interesante escuchar al propio Vázquez sobre cómo era el entorno laboral, por aquel entonces, en la Editorial Bruguera:

Éramos como los esclavos de galeras, pegados al tablero de dibujo sin parar de dibujar. Controlándolo todo estaba el inefable señor González. El señor Bruguera iba de respetable burgués catalán y no se rebajaba a tratarse con la chusma que tenía a sus órdenes. Así que buscó un capataz de confianza, que era el amigo González. Este González, era, pues, una especie de Robespierre, de Rasputín que lo controlaba todo y que ejercía de padre de todos nosotros. A veces iba de benévolo, a veces pegaba alguna que otra bronca...

Puede pensarse entonces que Manuel Vázquez era, además o a pesar de pillo, un transgresor de la norma, de las duras condiciones laborales de la Editorial. Aunque no se puede negar que Vázquez se tomaba la vida de manera  muy relajada y sin vergüenza. No sólo fue dibujante sino también proxeneta, pues tuvo una casa de prostitución en Madrid (en la calle Ayala, según cuenta él mismo), se caso varias veces, tuvo 11 hijos e ingreso a la cárcel en tres ocasiones (una de ellas por bigamia). Manuel Vázquez parece ser un tipo que no se las dio de media tinta, además de una vida licenciosa está el testimonio de sus innumerables páginas de cómics, en especial las de su personaje de El tío Vázquez, una historieta basada en sus propias correrías, picarescas y fechorías.
 
En 2010 se estrenó en España la película El gran Vázquez (dirigida por Óscar Aibar), que muestra, a manera de una tragicomedia o la estilo de la picaresca cinematográfica, parte de la vida de este dibujante –quién es protagonizado por el reconocido  actor Santiago Segura–, sobre todo de sus engaños al servicio de sastres y conserjes, y sus trucos para evadir el trabajo. Pero también, gran parte del testimonio de este hombre que vivió engañando, para escapar de las ataduras de la vida laboral, está contenido en sus páginas de historietas, obras cargadas de dinamismo, muchas de ellas con un dibujo y una narración para el público infantil, pero que guardan entre sus viñetas las peripecias de un pillín, de un niño grande como Manuel Vázquez.

Álvaro Vélez (truchafrita).
Originalmente en la Revista Universidad de Antioquia (2011).

miércoles, 27 de mayo de 2020

Un cómic español en el ocaso del franquismo


Andreu Pujol es un dibujante de historietas que hace episodios bélicos para una revista inglesa; es un tipo organizado, metódico, pulcro y muy cumplidor de su trabajo. Pujol no bebe, no fuma, tiene poco sexo y está dedicado, casi por completo, a su oficio de dibujante, que realiza en una agencia de cómics en Barcelona. Justamente en dicha agencia Pujol trabaja junto con sus coleguillas que, a diferencia de él, son desordenados, perezosos, fiesteros y siempre dejan el trabajo para el final, por eso mismo, en los últimos días del mes trabajan hasta en las noches para recuperar el tiempo que han perdido, por holgazanería, en las tres primeras semanas. Un día Pujol informa a sus colegas que trabajará durante unas noches en la agencia y, ante la sorpresa de todos, que lo creen organizado y meticuloso con el trabajo (nunca se atrasa), nuestro ecuánime dibujante afirma que, dado que es el mes de febrero, y éste tiene menos días, quiere aprovechar un par de noches para no bajar su cuota de una plancha de cómics por día. Pero Pujol, no sabe que sus colegas se la pasan de juerga y esa primera noche, en que se encuentra trabajando, uno de sus compañeros llega a la agencia con tres mujeres y chorros de alcohol. Inmediatamente se sueltan los lápices y empieza la fiesta pero Pujol sigue en su mesa dibujando, aunque no le durará mucho porque una de las chicas no tardará en seducirlo, en principio dándole de beber y después al sofá de la oficina del jefe para beber de otras mieles. Pujol bebe, se echa su polvete y vuelve a donde sus colegas Pablo y Adolfo, a brindar, a seguir celebrando porque según él eran amigos “a los que hasta hoy no había sabido apreciar”.

Al día siguiente, en la agencia, todos creen que Pujol se ha regenerado, que se ha pasado al bando de los que viven y disfrutan de la vida, al bando de ellos al fin y al cabo, pero el asunto parece no cambiar, pues aunque Andreu Pujol llega un poco más tarde que de costumbre, lo hace quejándose y echándole la culpa a sus colegas, por obligarlo a beber, bailar y tener sexo, y, ante la sorpresa de todos se sienta en su mesa con la firme intención de terminar esa plancha de cómics, que ayer en la noche no pudo concluir y que le hizo dañar su record personal. Son gajes del oficio se dirán, quizás, Adolfo y Pablo mientras se miran el uno al otro en la viñeta final de esta corta historia entre colegas de una agencia de cómics.
De historias similares está plagado Los Profesionales, un cómic del español Carlos Giménez, que nos sitúa en una agencia de historietas en Barcelona, justo en las postrimerías del franquismo. Pero esta obra de Giménez, aunque enmarcada en los años de la dictadura española, no es para nada adusta, todo lo contrario, pues Los Profesionales es una novela gráfica (si es que se le puede llamar así a la recopilación de historietas cortas en cinco volúmenes) cargada de humor, de muchas chanzas, con un alto contenido nostálgico y también como una fotografía completa de aquellos tiempos.

En la agencia de historietas –propiedad de Josef Toutain, editor español– trabajan una gran cantidad de dibujantes encargados de hacer cómics convencionales para publicaciones europeas. Se trata de un trabajo en serie, de obras del cómic mainstream, obras del montón: historietas de vaqueros, ciencia ficción, bélicos, de romance, etc, que quizás no tienen ningún valor artístico, es un trabajo como cualquier otro. Lo que si no es como otras cosas es el ambiente de la misma agencia, en donde nadie parece trabajar –bueno, con excepción de Andreu Pujol–, todos están dispuestos a jugarse bromas entre sí, a jugárselas incluso al jefe, a fumar, a tomar Coca Cola, a hablar de mujeres y a juerguear y beber en la agencia por las noches.
Casi todos los días del mes son así, salvo la última semana cuando todo el mundo se pone manos a la obra para poder entregar los encargos. En ese momento las buenas intenciones que algunos aún tenían de hacer un buen cómic se van al traste porque en medio del afán se copian, se calcan o se hacen los dibujos chapuceros para poder cumplir con la entrega. Así que Los Profesionales no es una obra sobre el oficio de hacer cómics, sino sobre la forma en que se puede ganar dinero sin trabajar y además pasarla de lo lindo entre amigotes, cigarrillos, trago y conversación. La obra de Giménez va a llevar todas esas situaciones hasta el humor, cada personaje tiene su propia forma de ser, acompañada, como es usual en este tipo de narraciones, de una larga colección de manías y tics que son el motor de las historias contadas en Los Profesionales. Esta es –ya lo habrá intuido el lector– una obra autobiográfica. Carlos Giménez se retrata a sí mismo y a sus colegas en esos años azarosos cuando comenzaba a ejercer su profesión de dibujante de historietas. Aunque con nombres ficticios en la obra se pueden también distinguir, gracias al mismo dibujo de Giménez y a sus declaraciones sobre Los Profesionales, algunos de sus compañeros en la agencia. Giménez, antes de narrar estas historias, buscó, como nos cuenta a continuación, a sus antiguos colegas para refrescar la memoria:

Antes de empezar a escribir los guiones de Los Profesionales, preparé en mi estudio de Premiá de Mar una mesa con una botella de whisky, vasos y un magnetofón e invité a sentarse alrededor de ella a un grupo de colegas amigos.
Acudieron Adolfo Usero, José González, José María Bea, Luis García, Víctor Ramos y Alfonso Font. Les pedí que recordaran en voz alta cómo eran y éramos los personajes que, allá por los años sesenta, llenábamos las editoriales y agencias de dibujantes de Barcelona. Durante cerca de tres horas estuvimos grabando en el magnetofón anécdotas de la profesión, situaciones propias y ajenas de toda aquella lejana y extraña época. Recuerdo que terminamos con las mandíbulas desencajadas de tanto reír. Todos aquellos datos que quedaron en la cinta magnetofónica fueron una ayuda impagable a la hora de escribir los guiones de Los Profesionales.
Pero Los Profesionales no es sólo una recopilación de anécdotas del mundillo de los cómics. Lo que hace también interesante esta obra de Giménez, y casi todas sus obras, es que logra situarla en un contexto claro, en un momento preciso, en donde el autor no tiene la necesidad de contar las cosas más que con dibujos para hacernos saber qué se siente, qué se respira, qué hay en la atmósfera en ese momento. En muchas ocasiones Pablo, su alter ego en Los Profesionales, camina por la Rambla y sin hablar mira. Lo mira todo: unos falangistas van Rambla abajo, unos curas que pasan a su lado, una monja lo observa de manera desdeñosa, unas chicas en plena euforia sesentera le coquetean al pasar, una señora camina con los paquetes de compras seguida por un niño que debe ser su hijo, un grupo de ancianos jubilados que huelen a republicanos derrotados, un guardia civil mira a todos con desconfianza y un par de hippies juegan a la Norteamérica en el país de Franco y la Iglesia Católica. Toda España está en Los Profesionales, con un fondo del humor que nos hace llegar a la carcajada, de las ocurrencias en una agencia de vagos. También se nota en la persona de Pablo, esa profunda desazón, esas ganas de comerse el mundo y no poder hacerlo, esa necesidad de liberarse de un yugo que parece no existir, ese constreñimiento de la España en el ocaso del franquismo.

Álvaro Vélez (truchafrita).
Originalmente en la Revista Universidad de Antioquia (2008).

jueves, 21 de mayo de 2020

Trabajando en pijama


Paco Roca ha logrado el sueño de su vida, ha conseguido trabajar dibujando historietas en casa. Así que ya no tendrá que sufrir más con los trancones del tráfico, las salidas apresuradas hacia la oficina, las incomodidades de trasladarse de su casa a su sitio de trabajo y, lo que es mejor, podrá trabajar en pijama.

Memorias de un hombre en Pijama (Astiberri Ediciones, 2011), de Paco Roca, es una recopilación de historietas publicadas en el diario español Las Provincias. Se trata de una serie de relatos autobiográficos en donde su autor nos sitúa en lo que podríamos llamar las aventuras de un cuarentón de la segunda década del siglo, en una España sumergida en recesión económica y con la particularidad de que ese protagonista trabaja todo el día en casa, en pijama, dibujando historietas.


Esta serie de historietas centran su atención, principalmente, en reflexiones acerca de la vida en pareja, el propio autor que vive con su novia, los amigos casados y con hijos o los que prefieren permanecer solteros y en vibrante actividad de cortejo, cada noche de bar. Pero Roca también examina su vida desde la perspectiva misma de su trabajo, de sus cuarenta y tantos años y su particular visión del mundo, de la comodidad que le permite el trabajar todo el día en casa, de sus viajes de gira por España y por algunos países de Europa, además de reflexiones sobre la vida cotidiana, de las situaciones que le suceden a un hombre típico de su edad.
De las cenas y charlas con amigos, con antiguos compañeros de colegio o con las amigas de su novia, surgen reflexiones y situaciones que Roca dibuja en sus cómics.  Memorias de un hombre en pijama es entonces un sencillo recorrido por la vida reciente de su autor, lo interesante de la obra es cómo logra hacer atractivos unos acontecimientos que, en general, parecen anodinos, sin importancia.

Paco Roca es un autor que se ha dado a conocer en los últimos años dentro del panorama del cómic español. Una de sus primeras y sonadas obras fue El juego lúgubre (Ediciones La Cúpula, 2001), una historia sórdida en donde Salvador Dalí y sus manías tienen un papel protagónico. Pero el reconocimiento le llegaría con Arrugas (Astiberri Ediciones, 2008), un cómic donde el autor indaga sobre la vejez y, en particular, sobre el mal de Alzheimer y que le mereció, en 2008, el Premio Nacional del Cómic, en España, además fue llevado al cine y gracias a eso Roca recibió, este año (2015), el premio Goya al mejor guión. Dos años después editaría una historieta que recoge una anécdota de la década de los cincuenta en España: la creación y rápida caída del proyecto personal de varios dibujantes independientes, la revista Tío Vivo[1], historia de un fracaso que está consignada en El invierno del dibujante (Astiberri Ediciones, 2010).

Con Memorias de un hombre en pijama Paco Roca se muestra menos ambicioso que en Arrugas o en El invierno del dibujante; sin embargo, parece también más cercano al lector, más sencillo quizás, gracias a que se trata de una autobiografía y a que lo que estamos leyendo es parte de su vida cotidiana. El dibujo de Roca en Memorias de un hombre en pijama muestra la misma calidez, cercanía y maestría de siempre, a medio camino entre el retrato realista y la caricatura, sus trazos recuerdan, en algunos pasajes, a los autores norteamericanos Beto y Jaime Hernández (Love and Rockets). Una paleta de colores que aprovecha mucho los tonos tierras y cálidos con algunos pocos colores fríos completan el trabajo de gran calidad.
La serie de Memorias de un hombre en pijama, para el diario Las Provincias, termina abruptamente después de unos años de publicación; es el mismo autor quien decide terminarla –“por un rato”, según él mismo– aduciendo falta de inspiración, agotamiento de los temas y buscando un poco de espacio, pues siente que todo el tiempo está trabajando. Aunque es cierto que todo el tiempo trabaja, él mismo parece justificarse al afirmar que lo que hace es lo que le gusta y que, además, puede hacerlo sin necesidad de vestirse más que con una prenda de su colección de pijamas. Esta es una obra con grandes cualidades: franca, natural y cercana, a pesar de poder ser considerada como “menor”.



[1] En 1957, un grupo de dibujantes de Bruguera llamados los cinco grandes: Josep Escobar, Conti, Cifré, Peñarroya y Eugenio Giner, deciden abandonar la editorial catalana y fundar su propia revista: Tío Vivo. La aventura dura dos años y los dibujantes tienen que volver a Bruguera. Años después la editorial publicaría su propia versión de la revista Tío Vivo.

Álvaro Vélez (truchafrita).
Originalmente en la Revista Universidad de Antioquia (2015).


martes, 12 de mayo de 2020

El Víbora, crónica de una muerte anunciada


Makoki, Makoki, Makoki es cojonudo, el enemigo público número uno… Así cantaba la banda Paraíso por allá en los ochenta en España, a propósito de la historieta “Makoki” que publicaban Gallardo y Mediavilla en la revista El Víbora y que luego pasó a tener su propio fanzine. Paraíso fue una disidencia de la banda punk Kaka de Luxe, en donde tocaba la guitarra Alaska –quien luego conformaría Alaska y los Pegamoides, Alaska y Dinarama y finalmente Fangoria–. Alaska actuó en la primera película de Pedro Almodóvar Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980). Almodóvar, antes de ser el director que ahora recibe estatuillas de Oscar, jugueteó con el travestismo en puestas musicales junto al cantante McNamara y también figuró en una retorcida fotonovela para una de las primeras ediciones de El Víbora. Almodóvar también se valió de Ceesepe, andrógino ilustrador e historietista, para elaborar los afiches de sus primeras películas. Ceesepe además publicó parte de sus ilustraciones y cómics en El Víbora.


Una simple cadena de relaciones como esta nos da una idea de lo que se llamó la movida madrileña, en la España de los años ochenta. Y este elemental ejercicio es traído a colación a propósito del fin de la revista de cómics El Víbora, una de las muchas publicaciones que surgieron en la época del llamado boom del comic español (1975-1984) y la única que, hasta el año 2004, permaneció como el último estandarte de los cómics de la transición.
El cómic para adultos surgió en España a partir del fin de la era franquista. El destape político, social y sexual no sólo se vivió en la literatura, el cine, la música y la televisión ibérica sino que también cobró vida en una serie de publicaciones como Star, Comix Internacional, Cimoc, 1984, Tótem, Rambla, Cairo y El Víbora, entre otras. La mayoría de estas revistas tuvieron una vida más o menos efímera siendo El Víbora la de más larga trayectoria.


El Víbora nació en 1979, en plena eclosión del comic para adultos en España. Joseph Toutain dio sostén económico a Josep Maria Berenguer para crear una revista al margen de la editorial Toutain –que ya editaba 1984, una revista de comics con énfasis en ciencia ficción–. El Víbora comenzó y se mantuvo como una alternativa underground, buscando nuevos caminos dentro del cómic y manifestando principios claros de independencia frente al ambiente político y social del momento, como lo declararon sus creadores en la editorial del primer número: No tenemos ideologías, no tenemos moral, no tenemos más que ganas de dibujar un tebeo para ti. Rápidamente la revista ganó un puesto en el competido mercado de la historieta española y se afianzó como una propuesta diferente en oposición a otras publicaciones con contenidos estéticos más elaborados –o por lo menos más concretos–. Impuso la llamada línea chunga en contraposición a la línea clara de la revista Cairo, herederos y seguidores de “Tintin”, del belga Hergé.
La línea chunga no sólo se refería a un tópico estético sino también de contenido: el sexo, las drogas, la inestabilidad social… En definitiva, temas antes vedados y censurados por el franquismo que en las páginas de El Víbora cobraron vida de la mano de autores como Max, con personajes como “Gustavo” o el rebelde “Peter Pank”; Nazario, con su inconfundible transexual “Anarcoma”, en medio de truculencias detectivescas y orgías homosexuales; los ya citados Gallardo y Mediavilla con “Makoki”, el tebeo underground por antonomasia; Martí con sus historietas de “Taxista”, en clave de serie negra o Pamies con su detective “Roberto el Carca” quien, entre sus muchas aventuras, resuelve conflictos en Bolimbia, un país entre Bolivia y Colombia. También colaboraban autores extranjeros como Robert Crumb, Gilbert Shelton y Spain, de la cantera del underground sesentero norteamericano; Tatsumi, con su manga melancólico; Charles Burns y sus asombrosas historietas influenciadas por la estética de terror de los años cincuenta; Tanino Liberatore y su androide “Ranxerox” o incluso los sesudos e intelectuales Muñoz y Sampayo, creadores de esa gran historieta “Alack Sinner”.


Como es lógico, una publicación no puede mantener una personalidad tan arrolladora durante mucho tiempo y lo que en los ochenta era avasallador, en los noventa se fue degenerando hasta que El Víbora se convirtió en una revista más. De cuarenta mil ejemplares, vendidos mensualmente en los ochenta, se pasó a seis mil en estos últimos años y la publicación se hizo insostenible. En marzo de 2004 El Víbora anunció, en sus páginas, su propia muerte y como un último llamado a sus dolientes alentó a periodistas, editores, autores y lectores a salvar la publicación. Sin embargo, en diciembre del 2004 El Víbora finalmente murió, desapareció aquella fabulosa revista que mantuvo, como rezaba su eslogan, durante veinticinco años de historia y 300 número editados, un comix para supervivientes.

Álvaro Vélez (Truchafrita).
Originalmente en la Revista Universidad de Antioquia (2006).

miércoles, 29 de marzo de 2017

El silencio después de la guerra

Cuando se editó por primera vez el libro Un largo silencio (ediciones de Ponent, 1997), acerca de las vivencias del padre de Miguel Gallardo durante la Guerra Civil Española, este no tuvo mucho éxito. El libro y la forma en que estaba construido no se entendieron en su momento, sus lectores y críticos no parecían dilucidar si se trataba de un relato ilustrado con secuencias dibujadas o un cómic con apartes narrados con texto.


El tiempo finalmente le ha otorgado a este primer libro de historietas, de Miguel Gallardo, el lugar que se merece. Un largo silencio, además de ser una obra intima, profunda, conmovedora y reveladora de acontecimientos claves de la historia reciente de España, es también un libro que sabe jugar con esa combinación entre el relato escrito y la narración dibujada, esa combinación entre páginas de texto y páginas de cómic tiene una razón de ser.
Pero primero retrocedamos unas décadas, incluso antes de esa primera edición de Un largo silencio, para contemplar el trabajo en historieta del joven dibujante Miguel Gallardo. Ubiquémonos en la España de la Transición, de finales de la década de 1970. Ahí, reunidos entorno a El Víbora, una revista bastante disímil al resto de las que existían por aquel entonces, se encuentran unos jóvenes dibujantes de cómic que son inclasificables. Los cómics de El Víbora son de una desparpajada estética y narraciones truculentas que van de investigaciones detectivescas a orgias homosexuales, dibujando vergas fantásticas, como en el caso de las historietas de Nazario; o la intriga internacional, el absurdo, el tráfico de drogas y los socorridos y desternillantes gags del cómic clásico, en las dadaístas maniobras de la narrativa gráfica de Pamies; o los sugestivos juegos transexuales, homo eróticos, sadomasoquistas que se hacían McNamara y Pedro Almodovar en una fotonovela por entregas; un Peter Pan en la onda punk y mutado a Peter Pank, dibujado por Max; o la oscura y bizarra atmosfera de las vivencias de un taxista que también hace las veces de detective, de la mano del dibujante Marti. Qué maravillosa publicación fue la revista El Víbora, sobre todo en esta primera etapa de finales de la década de 1970 y principios de 1980. Un reservorio que contenía lo más alocado, visceral, juvenil y extraño de la historieta española de esos primeros años después de la muerte de Franco.
Ahí, en esos primeros años de El Víbora, también dibujaba Miguel Gallardo quien se valía de los guiones de Juanito Mediavilla para desarrollar a Makoki, personaje fugitivo de un manicomio que vivía turbulentas historias en la nada alocada España de su tiempo. El personaje de Makoki logró tanto éxito, en esos primeros años de la década de 1980 que alcanzó, no sólo, a tener su propia publicación seriada, sino que también fue homenajeado por la banda de pop-rock Paraíso en un tema musical que lleva su mismo nombre.
Para la década de 1990 habían quedado atrás las pintas de cerveza, las ebrias correrías nocturnas por las calles de Barcelona, los bares, las fiestas punk, los pinchazos de heroína y el caos de la juventud. Un Miguel Gallardo más maduro la emprende entonces con una historia más personal. Inspirado por Maus, la obra de Art Spiegelman y una de las cumbres de la historieta más reciente, Gallardo indaga sobre las experiencias de su padre y, sobre todo, por ese largo silencio que ha guardado después de su participación en el ejército de la República durante la Guerra Civil Española.

Francisco Gallardo, el padre, entrega a Miguel unos folios manuscritos en donde cuenta su vida, desde su infancia (en el pueblo de Línares, donde nació en 1909) hasta el fin de sus “problemas” como republicano: la orfandad desde la temprana edad, las angustias económicas de la infancia, el intento de ganarse la vida trabajando duro y queriendo estudiar o aprender un oficio, el paso por el servicio militar, el enlistamiento en el ejercito de la República, la defensa de ella misma durante la Guerra Civil y las dificultades para obtener la libertad, luego de ser apresado como miembro perteneciente al bando perdedor.
Como todo el relato se basa en los manuscritos de su padre, Miguel Gallardo quiso que el libro combinara esa parte de texto con parte de la narración dibujada, como queriendo dejar así una marca más de las emociones y sentimientos del protagonista de la obra. Un largo silencio, comienza con la narración en historieta, una primera viñeta muestra a su padre ya anciano de pie y una cartela que dice: “mi padre fue un héroe”. Esa primera frase significa un sinnúmero de cosas en la narración que el lector puede traducirlos como, ese largo tiempo en que Francisco Gallardo permaneció callado, por voluntad propia o porque las circunstancias (en su momento, de la España franquista, así lo exigían); la necesidad de contar una historia que parece extraordinaria pero que quizás no lo es, porque es la historia de la mitad de los españoles de la generación de Francisco Gallardo; la afirmación, y reafirmación a lo largo de todo el relato, de que los seres humanos más ordinarios también estamos, en muchos casos y dependiendo de las circunstancias, llamados a ser seres extraordinarios y, finalmente, la intuición del lector con esa primera viñeta, es que se trata de un homenaje, una distinción de un hijo hacia su padre, de un hijo que siente un profundo respeto y admiración por alguien que fue capaz de soportarlo casi todo. La particular percepción que genera en el lector esa primera frase, en esa primera viñeta, no será defraudada a lo largo de todo el libro.

Lo que en 1997, con la primera edición, pasó desapercibido en 2011 tuvo una segunda oportunidad: Astiberri Ediciones, reeditó Un largo silencio y el libro tuvo otro aire. La crítica y los lectores han visto con nuevos y mejores ojos esta segunda salida al ruedo. En parte la atención se puede deber a que Miguel Gallardo, años antes, editó María y yo, un libro de historietas entrañable acerca de la relación con su hija autista, y la recreación también del mundo, del universo de su hija María (del éxito de este libro surgió también un documental del mismo nombre, y una continuación en libro de historietas titulado María y yo, veinte años después). Pero el hecho de que Un largo silencio haya sido reeditado gracias a un rotundo éxito de su autor es una mera anécdota, porque el relato del Alferéz de Artillería Francisco Gallardo tiene vida por sí mismo. Que ese relato allá salido a la luz, en un entrañable libro como el que hizo Miguel Gallardo, se debe más a lo necesario que era contarlo y al cariño que su autor puso en su elaboración.


Álvaro Vélez (truchafrita).
Originalmente en la Revista Universidad de Antioquia, 327 (ene-mar de 2017).

viernes, 2 de diciembre de 2016

Una odisea irlandesa

Dublinés, la obra del español Alfonso Zapico (Astiberri Ediciones, Bilbao, 2011), es digna de su título: la historia de un irlandés que viene de una familia venida a menos, sobre todo en lo económico; la presencia permanente de la Iglesia Católica en la vida cotidiana del personaje, de su entorno familiar y de sus amigos; el maltrato al interior del hogar, las diferencias entre padres e hijos y entre hermanos; la tentación constante del pub del vecindario, las pintas de cerveza y ahogar las penas entre caldos de alcohol e historias de amigos y, finalmente, la atmosfera fría, gris, de una Dublín en constante enfrentamiento contra los ingleses para lograr el derecho a su autodeterminación.

Todas esas características conforman el marco de Dublinés, un libro que contiene también el tema principal: la vida y obra de James Joyce. Se trata entonces de una biografía, pero en este caso dibujada, de uno de los grandes genios de la literatura. Desde su infancia en Dublín, su periplo por varias ciudades como Trieste y París, hasta su muerte en Zurich (en 1941). Alfonso Zapico, se ha valido de varias obras para construir su relato biográfico, pero sobre todo de la biografía escrita por Richard Ellmann (quien también escribió las biografías de dos autores irlandeses más: Óscar Wilde y W. B. Yeats).


Con la ayuda de esas obras escritas, Zapico ha construido un relato muy completo sobre James Joyce y nos invita a acompañarlo en sus primeros años y sus estudios en Dublín, para luego ser espectadores de su ida a Triste, junto con su joven esposa Nora y presenciar en nacimiento de su primogénito. Presenciar también los pasos del joven escritor hasta convertirse en una figura respetada de la literatura universal, ya casi en el ocaso de su vida. Pero antes vamos también a reunirnos con él en los pub, bares, cafés y tabernas de algunas ciudades de Europa, a escucharlo hablar de todo menos, o muy poco, de literatura y a emborracharnos con él y llegar a casa donde lo espera Nora, que cada vez parece más cansada de este irlandés ebrio... Ignoraremos la Primera Guerra Mundial como Joyce lo hizo en su momento, mientras vivía en Triste, y unos años después nos vamos preocupar como muchos, incluido James Joyce, con el ascenso del fascismo en Europa, además de los acontecimientos previos y las primeras incursiones bélicas, de los nacional socialistas, en la Segunda Guerra Mundial.

Vamos a vivir la vida bohemia, pero también literaria, desde el joven Joyce hasta el viejo y sabio irlandés. La relación estrecha, íntima y cordial con su padre, y las distancias con sus hermanos, a excepción de su hermano Stanislaus quién sostuvo económicamente a Joyce, Nora y los niños durante un buen periodo –dicha relación entre los hermanos recuerda, por momentos, la de otros hermanos casi por esa misma época: Theo y Vincent van Gogh–. La evolución de la obra de Joyce, desde la escritura de reseñas y ensayos en pequeñas revistas, hasta alcanzar el reconocimiento con el Ulises, no sin antes sortear una infinidad de obstáculos casi todos relacionados con la censura impuesta por la supuesta inmoralidad de su obra.
Alfonso Zapico ha recreado, ayudado por el dibujo de la historieta, una obra rica en detalles de las atmosferas, de la arquitectura de las diferentes ciudades en las que habita la familia Joyce y los parajes que frecuentan o se cruzan en el camino vital del escritor, todo el universo de la época, de la Europa en que se desenvuelve el escritor irlandés. Así, con pinceles y aguadas en escalas de grises, Zapico dibuja toda la gesta del escritor irlandés hasta alcanzar la gloria y el reconocimiento universal.

Pero también esta biografía, como debe ser, nos muestra el profuso mundo literario de la época, uno de los periodos más radiantes en cuanto al arte, la política y la literatura del antiguo continente. Por Dublinés, dependiendo del momento y el lugar en que se sitúa la vida de Joyce, van desfilando grandes figuras como  Henrik Ibsen, W. B. Yeats, Ezra Pound, H. G. Wells, Bernard Shaw, T. S. Eliot, Virginia Woolf, Paul Valéry, Marcel Proust, Ernest Hemingway, Samuel Beckett, Sergéi Eisenstein, Henri Matisse, André Gide, Le Corbusier e incluso un encuentro fortuito con el gestor de la revolución rusa. El ambiente político de Irlanda no es abandonado por Zapico, dando a entender el constante interés de Joyce por su patria y, obviamente, la presencia permanente de Irlanda en sus obras. Desde las revueltas, los intentos de independencia, la represión inglesa, los grandes personajes políticos y los mártires de la Irlanda que buscan su autodeterminación.


Hay, además, una serie de anécdotas de la vida del escritor de Ulises –muy seguramente tomadas por Zapico de las biografías que leyó de Joyce para documentarse– que, aunque parecen aisladas del relato central de su vida y su obra, ayudan a completar las piezas para que el lector tenga una más clara imagen del James Joyce como ser humano, de esos matices que lo hacen un ser terrenal, cercano, de carne y hueso.

Quizás se pueda aducir que Dublinés carece un poco de la flexibilidad y dinamismo del lenguaje del cómic, pues el libro completo está construido casi como un relato con ilustraciones más que con viñetas. Es verdad que la obra posee una preponderancia casi absoluta de la voz en off, pero al entender el talante de la obra de Zapico: una biografía, se puede deducir por qué el autor ha optado por darle más protagonismo a un narrador omnipresente que a los bocadillos de los mismos personajes de la narración. Más aún si lo vemos con la perspectiva de otras obras que han hecho algo parecido, como la biografía de Kafka, escrita por David Zane Mairowitz y dibujada por Robert Crumb, en donde también hay una preponderancia de la voz en off, o incluso en la monumental Genesis (del primer libro de la Biblia), dibujada por el mismo Crumb, en donde presenciamos un absolutismo en el narrador omnipresente. Esa característica aunque un poco rígida no le resta valor a la obra pues la narración es fluida, los detallados dibujos son de muy buen pincel y la estructura del guion nos lleva de eventos particulares, a circunstancias locales o mundiales, de ahí a anécdotas divertidas y a provocativos guiños al lector.
Un trabajo enorme le ha costado a Zapico construir Dublinés, pero el autor también ha contado con importantes ayudas como la Beca Alhondiga Bilbao, por la que pudo desarrollar el cómic durante un año en La Maison des auteurs en Angouleme (Francia). Además, Zapico viajó a varios lugares donde vivió y recorrió James Joyce, para documentarse a la hora de dibujar esa arquitectura y esa atmosfera que tan bien ha recreado en su libro. Finalmente, “Dublinés” es una obra al alcance de todos, una ventana agradable para conocer sobre la vida de James Joyce, como dijo el mismo Alfonzo Zapico en declaraciones a RTVE:

"James Joyce es un personaje fascinante, que tuvo una vida pintoresca y extraordinaria, y mi objetivo no es contar una historia complicada como el Ulises, sino recrear su fascinante vida; será una historia que llegará a todo el mundo".

Álvaro Vélez (truchafrita).
Originalmente en la Revista Universidad de Antioquia, 326 (oct-dic de 2016).

viernes, 26 de agosto de 2016

Velázquez a través del espejo

En un duelo de ingenio, típico de grandes artistas con inflados egos, y aprovechando una visita al Museo del Padro, en este caso acompañados de periodistas y del séquito de ambos genios, Jean Cocteau preguntó a Salvador Dalí que, en caso de incendio, qué salvaría del Museo del Prado. Dalí quedó pensativo y retrocedió ante la pregunta que intuyó como una trampa de Cocteau, éste en cambio se apresuró a contestar que él salvaría el fuego. Sabiendo Dalí que frente a la prensa, y a la respuesta de Cocteau, no podía quedarse corto se hizo el que reflexionaba un momento (porque la respuesta, según él, ya la tenía pensada hacía mucho tiempo), atinó a contestar que Dalí se llevaría el aire, y el aire específicamente contenido en Las Meninas de Velázquez, que es el aire de mejor calidad que existe. Ante tal respuesta Cocteau inclino su cabeza y reverenció la maravillosa ocurrencia del pintor español.


Esta anécdota la relata el mismo Salvador Dalí en la emisión (de 1977) del programa de televisión española A Fondo, que era dirigido y presentado por Joaquín Soler Serrano. En ese programa fueron entrevistados, entre 1976 y 1981, grandes figuras del arte y de las letras de Hispanoamérica (cabe destacar la participación de figuras como Juan Rulfo, Julio Cortázar o Ernesto Sábato, entre otros). Pero hacia donde quiero ir con la anécdota de Dalí es hacía Velázquez y, específicamente, la que ha sido considerada como la gran obra de la pintura española Las Meninas. La historia que relata Dalí no es más que un sólo gesto de admiración de los cientos o miles que existen a cerca de la obra de Diego Velázquez, una forma más de comprobar dicha admiración y reverencia hacia el genio sevillano se da en forma de historieta, con la publicación de Las Meninas, una novela gráfica escrita por Santiago García y dibujada por Javier Olivares (Astiberri Ediciones, Bilbao, 2014).
La novela gráfica, de García y Olivares, nos lleva por un extenso recorrido en donde vamos a poder ver el ascenso del pintor Diego Velázquez hasta alcanzar su anhelado sueño: llegar a la corte del rey Felipe IV, pero el relato no se queda ahí, pues la novela gráfica nos va a conducir también hacia su obra máxima, de qué forma llega a realizarla, cómo llega hasta allí y cómo construye, a través de un espejo, una de las más grandes obras de la pintura universal.


La novela gráfica Las Meninas explora también la forma en que el cuadro ha obsesionado, influenciado y atraído poderosamente a grandes artistas, desde Picasso, hasta el grupo de pop art español Crónica y pasando, obviamente, por figuras como Salvador Dalí. Entonces, con estos elementos, la narración en la novela gráfica no es del todo lineal pues el hilo conductor: la vida de Velázquez y su encuentro final con su obra maestra, está interrumpida en ocasiones por las obsesiones de pintores y artistas con el cuadro en cuestión, además existen flash back hacia la juventud de Velázquez y apartes de la vida cortesana del siglo XVIII, haciendo de la narración un relato rico en matices e, incluso, lleno de simbolismos con respecto a la época y a la vida de pintor y su obra.


Si a esa narración rica en alamedas, callejones y pasadizos, le sumamos el dibujo de Olivares la obra destaca de entre el montón. Se trata de un dibujo con un pincel suelto, lo que maximiza la pureza y la fuerza de lo que se quiere contar, además el simbolismo y la época quedan muy bien plasmados con ese pincel que a veces es más grueso y desparpajado. Claro, Olivares también se ha permitido cambiar el registro estético de su historieta en algunos apartes de la narración, y no sólo estético sino también del montaje, de la configuración de las viñetas y del uso de otras técnicas que, hecho aquí de manera absolutamente consciente y sin excesos, contribuyen enormemente a que Las Meninas sea una novela gráfica aún más apreciable.


Por todas estas cualidades estéticas y narrativas, por tratarse de un tema trascendente para el arte universal y por ser, de hecho, construido con cuidado y maestría, la novela gráfica Las Meninas fue galardonada en el año 2015 con el Premio Nacional de Cómic, en España. Es una obra a la altura de lo que narra, es una demostración más del poder de la historieta cuando de tratar temas tan apasionantes como universales y, por supuesto, tan grandiosos como es la vida y obra de Diego Velázquez. Esta novela gráfica de Las Meninas es un espejo más por el cual se puede reflejar Velázquez, uno más después de aquel primer espejo que le permitió retratarse al lado del rey Felipe IV, un truco que no sólo le valió ese gran honor en su momento sino todos los honores del arte universal hasta la eternidad.

Álvaro Vélez (truchafrita).
Originalmente en la Revista Universidad de Antioquia, 325 (jul-sep de 2016).

domingo, 10 de abril de 2016

Una respuesta abre otras preguntas

La historia comienza en 1965, durante la Exposición Universal de Nueva York. Una comparsa de gigantes desfila por las calles de la gran manzana. Se trata de los gigantes de Pamplona, figuras hechas con tela, metal y madera, de las fiestas de San Fermín. Sin embargo, algo que sucede develará el verdadero talante de la época: dos gigantes que representan figuras negras no son permitidos en el desfile, lo que desatará la protesta, y posteriores desmanes, de muchos de los espectadores del gran desfile en Nueva York.
Estamos en los Estados Unidos de los años sesenta, en los que el racismo y la segregación racial están a la orden del día. Así que lo que parecería “normal” para muchos espectadores norteamericanos, en ese desfile de gigantes en Nueva York, es todo un impacto para un extranjero, en especial para el vasco Manex Unanue, quien pertenece a la comitiva del desfile de gigantes. Ese hecho, desafortunadamente cotidiano en ese momento y lugar, hace también que un hombre extraño a la situación como Manex logre entablar amistad con un negro del Bronx. Esta amistad es el comienzo de toda una aventura que se titula Black is beltza (editado en Colombia por Rey Naranjo Editores, 2015).

Esta aventura, en formato de historieta, es lo que podemos llamar un road-comic, un relato que viaja a lo largo de varios lugares y que involucra muchos personajes y situaciones. El hilo conductor es un amor y es también una búsqueda, adosada con la política y los movimientos sociales de la época, al mismo tiempo que con algunos coqueteos con la cultura y las artes de ese momento, y todo envuelto en una intriga internacional, con escapes, asesinatos, secretos y espías a bordo. Con Manex vamos a pasar de la agitada Norteamérica de los años sesenta, con los Panteras Negras y la noche musical del Bronx, a la Cuba revolucionaria de Fidel y sus barbudos, y de ahí a Ciudad de México y a la díscola Tijuana, luego a Los Ángeles, para descender después a un mítico festival de rock en Monterrey. La intriga continuará en San Francisco para subir luego a Montreal, hasta pasar el gran charco y llegar a la joven y libre Argelia, para finalmente terminar este tour de force en la ciudad de Madrid.


Pero con los lugares llegan también los personajes. En Black is beltza, Manex conocerá grandes hombres del momento: Malcom X, Muhammad Ali, el Che Guevara, la banda Velvet Underground, Andy Warhol, Jimi Hendrix, Emory Douglas, entre otros. Con algunos se topará de casualidad, a otros simplemente los verá a la distancia o entablará una pequeña conversación, y con unos pocos vivirá experiencias únicas, como el viaje de hongos acompañado del mismísimo Juan Rulfo. Parte de estas estas experiencias, y lo que hay alrededor de Black is beltza, las explica Fermín Muguruza en una entrevista:

En 1965 aparecen en la historia dos gigantes negros reales: se trata de Malcom X y su asesinato y Muhammad Ali y sus peleas tanto dentro como fuera del ring. En 1967 llegan muchos sucesos políticos: la guerra de los Seis Días, la de Vietnam, la joven independencia de Argelia, la lucha por la de Quebec, el movimiento de los Panteras Negras, la guerrilla del Che Guevara en Bolivia; también hitos culturales como el estreno de la película de Pedro Páramo y El llano en llamas de Juan Rulfo y la de La batalla de Argel, pasando por la edición del libro de Guy Debord titulado La sociedad del espectáculo; además, en lo que respecta al apartado musical, entre otros muchos, tuvo lugar el Festival del Monterrey, donde en la obra el lector podrá ver, sentir y conocer a Jimi Hendrix, Janis Joplin y Otis Redding (Tomado de www.eitb.eus).

Black is beltza es una novela gráfica hecha a seis manos: Fermín Muguruza es quien ha escrito la base de la historia (a Muguruza lo conocemos, desde la década de los ochenta, porque formó parte del grupo de ska-punk Kortatu), a Fermín se le une Harkaitz Cano, quien en su calidad de escritor ayuda a crear y pulir el guión de la novela gráfica. Y, finalmente, Jorge Alderete es el encargado de dibujar. En cuanto a la historia y su guion, es inevitable no encontrar una cercanía con las dos obras de Alberto Breccia y Juan Sasturain: Perramus y Diente por diente. La primera es una correría de aventuras en medio de la dictadura argentina, con comandos de la Triple A pisándoles los talones, en la década de los setenta, y la segunda una continuación de Perramus pero en un tono menos político, que se centra en la búsqueda de la dentadura de Carlos Gardel, diente por diente.
Desde el punto de vista gráfico, Black is beltza tiene varias y afortunadas características: la historieta está hecha con un dibujo de pincel grueso que le da cierto aire clásico a la historia, y al mismo tiempo cuenta con tramas mecánicas (grises con mallas de puntos) que refuerzan esa sensación de que estamos leyendo un cómic con fuerte influencia estética de algunas décadas atrás. Otra característica llamativa de la historieta es que está hecha a dos tintas, y más especial aún es que la segunda tinta, que combina con el siempre negro, cambia de color en cada capítulo o aventura que emprende su protagonista: un azul en Nueva York, un verde en Cuba, un sepia en México, etc.


Las seis manos que han logrado Black is beltza han cumplido con su cometido: adentrarnos en una historia apasionante, conectarnos con Manex Unanue y acompañarlo en sus correrías, reconocer personajes y conocer otros más, y visitar sitios apasionantes y otros sórdidos o convulsionados, románticos o difíciles. Han conseguido rodearnos por un momento de algo de la atmósfera reinante en esos turbulentos años sesenta. Black is beltza es de por sí una redundancia, algunos ya la intuirán, otros seguro ya la reconocieron con solo leer el título la primera vez. Pero sea que no sepan de qué se trata, que lo intuyan o que hayan encontrado de primera el truco de la frase, seguro van a hallar una respuesta más profunda en el libro. Eso sí, una respuesta no solamente es una puerta que se abre.

Álvaro Vélez (truchafrita).
Originalmente en la Revista Universidad de Antioquia, 323 (ene-mar de 2016).