lunes, 4 de septiembre de 2017

Los de la banda dibujada

Hablar sobre la historieta francesa es adentrarse en un vasto mundo casi sin fronteras. El cómic francés  hace parte de una de las tres grandes tradiciones de las narraciones dibujadas en el mundo, junto con la historieta estadounidense y la japonesa. Así que no es fácil abarcar la totalidad de las obras y autores, a lo largo de más de un siglo –en lo que se podría considerar la historieta moderna–, en la tradición francesa. Por ese motivo es mejor apelar a lo que se puede considerar lo más representativo de la historieta francesa, de sus etilos, de sus obras y sus autores.
Habría que hacer una primera consideración: la industria y producción de historietas en Francia está íntimamente ligada a Bélgica. Ambos países comparten una tradición común, en donde autores y obras se comunican con un público binacional. Esta característica es plenamente comprobada en una de las primeras obras representativas del cómic franco-belga: Tintín.
Francia posee, como en el caso de Inglaterra, una amplia tradición de dibujos y grabados, que fueron apareciendo en la prensa del siglo XVIII. Algunos de los autores de estos dibujos, y respaldados por la prensa de la época, fueron convirtiendo sus obras en armas en contra del poder político, en dibujos con opinión, con cargas críticas frente al orden establecido y convirtiéndose en lo que llamamos ahora caricatura.
Esas caricaturas, sumadas a una tradición aún más antigua de narración con imágenes, como en el caso del famoso Tapiz de Bayeux  (que data del siglo XI), dieron como origen las historietas francesas (que aparecen tímidamente en el siglo XIX). Si en Estados Unidos, a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, a las historietas que aparecían en prensa se les llamó tiras cómicas (comic strips) por la forma en que estaban hechas, a la manera de cintas o de filas de viñetas dibujadas y de un contenido en su mayoría risible, las historietas franco-belgas tomaron el nombre de bande dessinée (banda dibujada), también apelando a su forma.
Los primeros años del siglo XX dan las bases de la historieta franco-belga hasta la llegada del ya mencionado primer gran referente: Tintín. Las aventuras del periodista y detective aparecen por primera vez en  el suplemento juvenil Le Petit Vingtième, y se trata de Tintín en el país de los soviets (1929), su autor es el belga George Remi (más conocido por su seudónimo Hergé). A partir de ahí Tintín será protagonista de varias aventuras, algunas de las cuales lo llevaran hacia África, el lejano Oriente, América del Sur e incluso hacia la Luna (una aventura en dos álbumes: Objetivo: la Luna, de 1953, y Aterrizaje en la Luna, de 1954), en una variedad de publicaciones que van hasta mediados de 1970. El estilo de dibujo de Hergé, en Tintin, se convierte en toda una escuela para la historieta franco-belga: el estilo línea clara (o “escuela de Bruselas”), en donde los contornos de los dibujos constituyen la mayor parte de los trazos y en donde los tramados, para crear sensaciones de luz u oscuridad, son casi inexistentes, en una suerte de sensación de dibujo limpio que se completa con escalas de grises o colores.


Varias críticas le han caído a Hergé y su obra, tildándola de colonialista, de anticomunista  e incluso de racista. Esas críticas encuentran asidero, en especial, en Tintín en el Congo (1931), pero se podría aducir que se trata de una obra inmersa en su época, sobre todo por lo que se sabe acerca de cómo fue el tratamiento de Bélgica, sobre el ahora territorio congolés, cuando ejercía su poder colonial durante el siglo XIX.
Pero hablando de otro colonialismo o, mejor, de una aculturación que es común a varias sociedades, durante el siglo XX, la historieta franco-belga también sufre la invasión del cómic norteamericano. Esto sucede a partir de la segunda mitad de la década de 1930 y se prolongara hasta los primeros años de la postguerra de la Segunda Guerra Mundial. Pero no es del todo negativo, la invasión de cómics norteamericanos –al igual que sucedería en Japón durante la ocupación –, en cierta forma crea y renueva gustos entre un público lector y, al generar interés, impulsa la producción tanto de material estadounidense como, en este caso, franco-belga.
De esa forma aparece, después de la Segunda Guerra Mundial una serie de publicaciones que van a enrobustecer el panorama de la historieta franco-belga y generar su llamada época de oro: las revistas belgas Le Journal de Spirou (o Spirou) y Tintín, que se suman a las francesas de la editorial Fleurus y la revista Vaillant. Ahí van a publicar los grandes nombres de la historieta franco-belga de la época. La revista Tintín agrupará autores como Hergé, autor de Las aventuras de Tintín, Jacobs, creador de Blake y Mortimer, Jacques Martin, autor de Alix y Lefranc, Bob de Moor, Paul Cuvelier, Jacques Laudy, todo con el estilo de la línea clara. A su vez Spirou tendrá a Jijé, Franquin, Morris, Peyo, y a los guionistas Charlier y Goscinny, creando series de humor ya famosas como Lucky Luke (1946), Gaston Lagaffe (1957) o Los pitufos (1958).
Apartado especial merece la creación del guionista René Goscinny y el dibujante Albert Uderzo: Astérix el Galo. Ahora, para muchos, es inconfundible el comienzo de esta legendaria historieta:

“Estamos en el año 50 antes de Jesucristo. Toda la Galia está ocupada por los romanos… ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía y siempre al invasor”.

Asterix se sitúa en la Galia, justo durante la invasión romana. Según la historieta de Goscinny y Uderzo sólo una aldea gala resiste al ejército de Roma y todo gracias a una poción mágica, inventada por el jefe druida de la aldea, que les da una fuerza increíble y los hace invencibles. Las aventuras de Asterix, el héroe de la historieta, de baja estatura y de temperamento irritable, acompañado por el fortachón, tierno e inocente Obelix (quien no necesita de la poción mágica pues  posee una fuerza sobre humana, desde que se cayó en el caldero de la poción cuando era bebé) y del fiel compañero perruno Ideafix, se desarrollan dentro de todo el mundo romano, y un poco también fuera de sus marcas. Lo que hace de la historieta una obra aún más interesante es su comicidad, llena de gags físicos, de chistes inocentes y de referencias históricas. Se trata de la obra maestra del guionista René Goscinny, quien ya había probado suerte con Lucky Luke, ambientada en la etapa de la conquista del oeste norteamericano. Asterix incluso ha llegado a convertirse en un símbolo del orgullo galo, en la personificación de los valores nacionales franceses.

Tanto Asterix, como otras grandes obras de la historieta franco-belga de finales de la década de 1950 y de 1960, surgen de la revista Pilote, fundada por Goscinny y Charlier, y finalmente adquirida por la editorial Dargaud. De Pilote surgen series que alcanzan gran popularidad, como la mencionada Astérix el Galo (1959), el Teniente Blueberry (de Jean Giraud, creada en 1963), Aquiles Talón (1963), Philémon (1965), Valerián y Laureline (1967). El dibujante Jean Giraud, quien despega en su labor con los realistas, meticulosos y muy logrados episodios del Teniente Bluebery  dentro de muy poco se convertirá en uno de los grandes referentes del cómic franco-belga.


Se le conoce mejor por su seudónimo: Moebius, y es uno de los más grandes (incluso de la historieta mundial). La trayectoria de Jean Giraud Moebius parte de la década de los sesenta con la ya mencionada Teniente Blueberry, pero su carrera como dibujante alcanzará cuotas mayores a partir de la década de 1970. En 1974 forma el grupo de los Humanoides Asociados con otros autores como Philippe Druillet, Jean-Pierre Dionnet y Bernard Farkas. Juntos crean la revista de ciencia ficción y fantasía Metal Hurtlant (publicación que inspira la creación de la famosa revista norteamericana Heavy Metal, y otras revistas de ciencia ficción como la española Cimoc), en sus páginas Moebius crea historias y personajes que aún permanecen en la retina de muchos, como Arzach, The long tomorrow o El garaje hermético (esta última inspirada en la lectura de las obras de Carlos Castaneda).


A finales de la década de 1970, Moebius colabora en el intento de la realización cinematográfica de Dune, ahí conoce al chileno Alejandro Jodorowsky y, juntos, emprenden una época de colaboraciones cuya obra más representativa es la saga de El Incal (Las aventuras de John Difool), desde 1981 hasta el 2001. Jean Giraud participó en los diseños de varias películas, entre las que se destacan: Alien (1979), Tron (1982), Masters of the Universe (1986), Willow (1987) o Abyss (1989). Incluso dibujó dos tomos de Silver Surfer, con guiones de su mismo creador Stan Lee, en 1984.
La sombra de Metal Hurtlant, y en especial de Moebius, está aún presente en la historieta franco-belga, pero su renovación siempre es constante. Los títulos fluyen a una cantidad descomunal, el músculo financiero permite una constante actividad editorial y los lectores, además de ser numerosos, reclaman siempre obras disímiles en cuanto a géneros, estilos de dibujo, narración. Eso porque el consumo y lectura de historietas en el panorama franco-belga involucra a toda la población, sin distinción de edad, género o estrato socioeconómico. Por eso mismo la renovación, después de la imponente presencia de un autor como Moebius es natural y, quizás, poco traumática en Francia: en la década de 1990 aparece un grupo de jóvenes autores que también destacan en el amplio panorama de la historieta franco-belga.
Se les conocerá como L'Association y se agrupan es una pequeña editorial fundada (en mayo de 1990) por Jean-Christophe Menu, Lewis Trondheim, David B., Mattt Konture, Patrice Killoffer, Stanislas y Mokeït. Estos jóvenes, en parte, renuevan y dan nuevos aires a la historieta. Se trata, en muchos casos, de obras que rayan ahora con asuntos cotidianos, con historias mínimas, también con experimentaciones gráficas y narrativas (un colectivo muy parecido al que años antes se agrupó, en Norteamérica, alrededor de la revista RAW y que dio inicio al llamado comic independiente norteamericano). Mención especial merecen las obras de Lewis Trondheim y David B., éste último con una obra entrañable, y difícil de olvidar, acerca de la vida de su hermano aquejado por una enfermedad mental: La ascensión del gran mal (en el francés original, L'Ascension du haut mal, 1996).


L'Association también ha recibido autores de historieta de dentro y fuera del país, como el caso del talentoso Joann Sfar o, quizás más conocida, la dibujante iraní Marjane Satrapi creadora de obra Persépolis (2000), acerca de su infancia y adolescencia en Irán y en las épocas convulsionadas de la caída del Sha y el ascenso del Ayatola Ruhollah Jomeini (Persépolis fue llevada también al cine, en 2007, en una exitosa adaptación en dibujos animados). Pero esta particularidad, el hecho de que el cómic francés o belga acoja a dibujantes y guionistas extranjeros no es tal. Hay muchos ejemplos, pero mencionemos sólo algunos: el caso del ya comentado del guionista, escritor y cineasta chileno Alejandro Jodorowsky; del argentino Juan Giménez López, autor de la serie La casta de los Metabarones (junto al mismo Jodorowsky) o del yugoslavo Enki Bilal autor, entre muchas otras obras, de la Trilogía de Nikopol.


La inmensa producción e industria del cómic franco-belga tienen una vitrina excepcional:  El Festival Internacional del Cómic de Angulema, que se celebra, cada dos años en la pequeña población de Angulema (Francia), desde 1974 y que, en la actualidad, es quizás el festival de historietas más importante del mundo por su contenido, por su variedad de títulos, de autores y de público.
Es menester tratar de finalizar este pequeño repaso, por la historieta franco-belga, un poco como se comenzó: aclarando el gran universo que contienen dicho tema y que lo que se ha expuesto aquí es únicamente un abre bocas, una serie de obras de lo que se podrían pensar son importantes referentes. Como entremés puede funcionar bien, sobre todo porque lo que realmente es importante en la historieta franco-belga, como en el resto del cómic mundial, son sus obras: abrir los libros y revistas de historietas y disfrutar de todo un universo, uno casi sin límites (y Francia sí que ofrece mucho de eso).

Álvaro Vélez  (truchafrita).

miércoles, 29 de marzo de 2017

El silencio después de la guerra

Cuando se editó por primera vez el libro Un largo silencio (ediciones de Ponent, 1997), acerca de las vivencias del padre de Miguel Gallardo durante la Guerra Civil Española, este no tuvo mucho éxito. El libro y la forma en que estaba construido no se entendieron en su momento, sus lectores y críticos no parecían dilucidar si se trataba de un relato ilustrado con secuencias dibujadas o un cómic con apartes narrados con texto.


El tiempo finalmente le ha otorgado a este primer libro de historietas, de Miguel Gallardo, el lugar que se merece. Un largo silencio, además de ser una obra intima, profunda, conmovedora y reveladora de acontecimientos claves de la historia reciente de España, es también un libro que sabe jugar con esa combinación entre el relato escrito y la narración dibujada, esa combinación entre páginas de texto y páginas de cómic tiene una razón de ser.
Pero primero retrocedamos unas décadas, incluso antes de esa primera edición de Un largo silencio, para contemplar el trabajo en historieta del joven dibujante Miguel Gallardo. Ubiquémonos en la España de la Transición, de finales de la década de 1970. Ahí, reunidos entorno a El Víbora, una revista bastante disímil al resto de las que existían por aquel entonces, se encuentran unos jóvenes dibujantes de cómic que son inclasificables. Los cómics de El Víbora son de una desparpajada estética y narraciones truculentas que van de investigaciones detectivescas a orgias homosexuales, dibujando vergas fantásticas, como en el caso de las historietas de Nazario; o la intriga internacional, el absurdo, el tráfico de drogas y los socorridos y desternillantes gags del cómic clásico, en las dadaístas maniobras de la narrativa gráfica de Pamies; o los sugestivos juegos transexuales, homo eróticos, sadomasoquistas que se hacían McNamara y Pedro Almodovar en una fotonovela por entregas; un Peter Pan en la onda punk y mutado a Peter Pank, dibujado por Max; o la oscura y bizarra atmosfera de las vivencias de un taxista que también hace las veces de detective, de la mano del dibujante Marti. Qué maravillosa publicación fue la revista El Víbora, sobre todo en esta primera etapa de finales de la década de 1970 y principios de 1980. Un reservorio que contenía lo más alocado, visceral, juvenil y extraño de la historieta española de esos primeros años después de la muerte de Franco.
Ahí, en esos primeros años de El Víbora, también dibujaba Miguel Gallardo quien se valía de los guiones de Juanito Mediavilla para desarrollar a Makoki, personaje fugitivo de un manicomio que vivía turbulentas historias en la nada alocada España de su tiempo. El personaje de Makoki logró tanto éxito, en esos primeros años de la década de 1980 que alcanzó, no sólo, a tener su propia publicación seriada, sino que también fue homenajeado por la banda de pop-rock Paraíso en un tema musical que lleva su mismo nombre.
Para la década de 1990 habían quedado atrás las pintas de cerveza, las ebrias correrías nocturnas por las calles de Barcelona, los bares, las fiestas punk, los pinchazos de heroína y el caos de la juventud. Un Miguel Gallardo más maduro la emprende entonces con una historia más personal. Inspirado por Maus, la obra de Art Spiegelman y una de las cumbres de la historieta más reciente, Gallardo indaga sobre las experiencias de su padre y, sobre todo, por ese largo silencio que ha guardado después de su participación en el ejército de la República durante la Guerra Civil Española.

Francisco Gallardo, el padre, entrega a Miguel unos folios manuscritos en donde cuenta su vida, desde su infancia (en el pueblo de Línares, donde nació en 1909) hasta el fin de sus “problemas” como republicano: la orfandad desde la temprana edad, las angustias económicas de la infancia, el intento de ganarse la vida trabajando duro y queriendo estudiar o aprender un oficio, el paso por el servicio militar, el enlistamiento en el ejercito de la República, la defensa de ella misma durante la Guerra Civil y las dificultades para obtener la libertad, luego de ser apresado como miembro perteneciente al bando perdedor.
Como todo el relato se basa en los manuscritos de su padre, Miguel Gallardo quiso que el libro combinara esa parte de texto con parte de la narración dibujada, como queriendo dejar así una marca más de las emociones y sentimientos del protagonista de la obra. Un largo silencio, comienza con la narración en historieta, una primera viñeta muestra a su padre ya anciano de pie y una cartela que dice: “mi padre fue un héroe”. Esa primera frase significa un sinnúmero de cosas en la narración que el lector puede traducirlos como, ese largo tiempo en que Francisco Gallardo permaneció callado, por voluntad propia o porque las circunstancias (en su momento, de la España franquista, así lo exigían); la necesidad de contar una historia que parece extraordinaria pero que quizás no lo es, porque es la historia de la mitad de los españoles de la generación de Francisco Gallardo; la afirmación, y reafirmación a lo largo de todo el relato, de que los seres humanos más ordinarios también estamos, en muchos casos y dependiendo de las circunstancias, llamados a ser seres extraordinarios y, finalmente, la intuición del lector con esa primera viñeta, es que se trata de un homenaje, una distinción de un hijo hacia su padre, de un hijo que siente un profundo respeto y admiración por alguien que fue capaz de soportarlo casi todo. La particular percepción que genera en el lector esa primera frase, en esa primera viñeta, no será defraudada a lo largo de todo el libro.

Lo que en 1997, con la primera edición, pasó desapercibido en 2011 tuvo una segunda oportunidad: Astiberri Ediciones, reeditó Un largo silencio y el libro tuvo otro aire. La crítica y los lectores han visto con nuevos y mejores ojos esta segunda salida al ruedo. En parte la atención se puede deber a que Miguel Gallardo, años antes, editó María y yo, un libro de historietas entrañable acerca de la relación con su hija autista, y la recreación también del mundo, del universo de su hija María (del éxito de este libro surgió también un documental del mismo nombre, y una continuación en libro de historietas titulado María y yo, veinte años después). Pero el hecho de que Un largo silencio haya sido reeditado gracias a un rotundo éxito de su autor es una mera anécdota, porque el relato del Alferéz de Artillería Francisco Gallardo tiene vida por sí mismo. Que ese relato allá salido a la luz, en un entrañable libro como el que hizo Miguel Gallardo, se debe más a lo necesario que era contarlo y al cariño que su autor puso en su elaboración.

Álvaro Vélez (truchafrita).
Originalmente en la Revista Universidad de Antioquia, 327 (ene-mar de 2017).

jueves, 29 de diciembre de 2016

Un periodista en cómic

Y si ya imaginaba antes de venir aquí lo que puede
pasarle a alguien que cree tener todo el poder y al llegar
me lo había encontrado sin grandes sorpresas. ¿Qué le
pasará a una persona que cree no tener ningún poder?
Joe Sacco - Palestina

El cómic independiente norteamericano, la punta de lanza de la historieta de estas últimas tres década, es abundante en obras de una muy cuidada factura que, además de romper las tradicionales fronteras a las que nos tenía acostumbrado el cómic, ofrece formas y contenidos que permiten una lectura que puede ser disfrutada no sólo por los fanáticos de la narración dibujada, sino por un público más amplio que, en muchas ocasiones, ha visto el cómic como una lectura reservada a la infancia. Daniel Clowes con sus historietas intimistas, que nos revela un lado más cercano y humano, más allá del “sueño americano”; Harvey Pekar, con una visión muy personal y autobiográfica de las grandezas del ya típico perdedor; Chirs Ware y sus obras de un diseño preciosista, que frena antes de llegar al manierismo; James Kochalka con una historieta también autobiográfica, basada en los pequeños momento sublimes que surgen de la, en muchas ocasiones, aburrida cotidianidad o Art Spiegelman con sus grandes temas acerca del holocausto nazi y, su más reciente obra, sobre sus vivencias y cercanía con los instantes mismos y los acontecimientos que sucedieron inmediatamente después a la caída de aquellas torres gemelas. De esta misma cantera de autores, que ven en el cómic un medio completamente valido para narrar sus historias, surge Joe Sacco quien se sirve de la narración ilustrada para crear un verdadero documento de realidades poco retratadas por otros medios de comunicación.


Joe Sacco es ante todo un periodista (de formación y profesión), pero ha tenido la desafortunada suerte de encontrarse con la historieta y lo que podían haber sido reveladoras crónicas y fotografías de guerra se han convertido en un laborioso trabajo de meses, dibujando y narrando sus correrías por conflictos bélicos de orden mundial. Dos novelas gráfica dan cuenta del trabajo de Joe Sacco con lo que podríamos llamar reportería en cómic: Palestina (Palestine, 2001. Inicialmente seriada en nueve comic books entre 1993 y 1995, y luego recopilada en un tomo) y El Mediador (The Fixer: A Story from Sarajevo, 2004). En la primera novela el autor nos sitúa en el conflicto entre palestinos e israelíes, pero en esta ocasión son los primeros lo que llevan la voz cantante pues, imagina uno como lector, Israel ya tienen todo el espacio televisivo, radial y de prensa, y es apenas justo que los palestinos tengan, al menos, un libro en cómic que hable de sus perdidas en ese ya casi eterno y absurdo conflicto. Palestina es una novela gráfica que cuenta las tragedias, abusos y violaciones de un pueblo sometido a la fuerza por un invasor. Aquí la antigua victima es ahora el desfachatado verdugo y en medio del problema palestino-israelí está Joe Sacco, tomando fotografías como cualquier reportero gráfico. El autor nos lleva a un viaje al interior de los campos de refugiados: la vida de los sometidos, sus costumbres y sus quehaceres en medio de la brutalidad de los colonos y soldados judíos, las estancias en las humildes casas, el infaltable té alrededor de los relatos de resistencia antes y después de la intifada de finales de los años ochenta.
No contento con un relato de guerra o, quizás, seducido por esa suerte de adicción que contrae todo periodista que cubre conflictos bélicos, Sacco nos lleva de Palestina a la ya extinta Yogoslavia para seguirlo mientras trata de comprender el conflicto entre Serbios y Musulmanes, durante los últimos meses de la guerra. Mientras seguimos a Sacco, por una Sarajevo destruida por el conflicto, el autor trata de seguir a Neven, su guía, que a fin de cuentas es El Mediador, un veterano de guerra que sobrevive de la astucia en un territorio en donde la vida a salto de mata es la ley. Joe Sacco, el periodista, es seducido por la personalidad de Neven y se sirve de éste para contar su visión del conflicto, al mismo tiempo el mediador se usufructúa de Sacco para seguir sobreviviendo. El periodista se vale de las historias de su guía para contar cosas que, quizás, son mentira –como le advierten al periodista en contadas ocasiones– pero es innegable que Sacco es un viejo zorro, al igual que Neven, y no es tan fácil engañarlo. Dos personalidades en conflicto: cada uno tratando de sacar beneficio del otro y todo inmerso en un desolado ambiente, carcomido por una guerra que al parecer el mundo intenta olvidar.
Joe Sacco no escatima en recursos para alcanzar su historia, como es común a todo buen periodista el autor emplea su garra y su tacto para llegar a sus fuentes, su narración es impecable y tiene un sello de ética intachable. Como si fuera poco este periodista de guerra, al llegar a su casa, se sienta meses a preparar sus planchas para un historia en cómic que refleja todo lo humano y miserable que tiene un conflicto bélico, con un dibujo lleno de detalles y rico en tramados. Es en ese momento, como lector, cuando uno se pregunta si Joe Sacco es más periodista o dibujante de cómics, pero para eso el mismo autor tiene una respuesta: "Hago cómics periodísticos porque es la mejor manera de unir mis dos pasiones: las historietas y el periodismo. No tengo ninguna teoría que me permita explicarlo. Sencillamente, siempre me he interesado por la actualidad, y a veces, suceden cosas en el mundo que me impelen a hacer algo al respecto. Y lo más útil que se me ocurre es ir allí e informar qué es exactamente eso que está pasando”.

Álvaro Vélez (truchafrita).
Originalmente en la Revista Universidad de Antioquia, 284 (abr-jun de 2006).

viernes, 2 de diciembre de 2016

Una odisea irlandesa

Dublinés, la obra del español Alfonso Zapico (Astiberri Ediciones, Bilbao, 2011), es digna de su título: la historia de un irlandés que viene de una familia venida a menos, sobre todo en lo económico; la presencia permanente de la Iglesia Católica en la vida cotidiana del personaje, de su entorno familiar y de sus amigos; el maltrato al interior del hogar, las diferencias entre padres e hijos y entre hermanos; la tentación constante del pub del vecindario, las pintas de cerveza y ahogar las penas entre caldos de alcohol e historias de amigos y, finalmente, la atmosfera fría, gris, de una Dublín en constante enfrentamiento contra los ingleses para lograr el derecho a su autodeterminación.

Todas esas características conforman el marco de Dublinés, un libro que contiene también el tema principal: la vida y obra de James Joyce. Se trata entonces de una biografía, pero en este caso dibujada, de uno de los grandes genios de la literatura. Desde su infancia en Dublín, su periplo por varias ciudades como Trieste y París, hasta su muerte en Zurich (en 1941). Alfonso Zapico, se ha valido de varias obras para construir su relato biográfico, pero sobre todo de la biografía escrita por Richard Ellmann (quien también escribió las biografías de dos autores irlandeses más: Óscar Wilde y W. B. Yeats).


Con la ayuda de esas obras escritas, Zapico ha construido un relato muy completo sobre James Joyce y nos invita a acompañarlo en sus primeros años y sus estudios en Dublín, para luego ser espectadores de su ida a Triste, junto con su joven esposa Nora y presenciar en nacimiento de su primogénito. Presenciar también los pasos del joven escritor hasta convertirse en una figura respetada de la literatura universal, ya casi en el ocaso de su vida. Pero antes vamos también a reunirnos con él en los pub, bares, cafés y tabernas de algunas ciudades de Europa, a escucharlo hablar de todo menos, o muy poco, de literatura y a emborracharnos con él y llegar a casa donde lo espera Nora, que cada vez parece más cansada de este irlandés ebrio... Ignoraremos la Primera Guerra Mundial como Joyce lo hizo en su momento, mientras vivía en Triste, y unos años después nos vamos preocupar como muchos, incluido James Joyce, con el ascenso del fascismo en Europa, además de los acontecimientos previos y las primeras incursiones bélicas, de los nacional socialistas, en la Segunda Guerra Mundial.

Vamos a vivir la vida bohemia, pero también literaria, desde el joven Joyce hasta el viejo y sabio irlandés. La relación estrecha, íntima y cordial con su padre, y las distancias con sus hermanos, a excepción de su hermano Stanislaus quién sostuvo económicamente a Joyce, Nora y los niños durante un buen periodo –dicha relación entre los hermanos recuerda, por momentos, la de otros hermanos casi por esa misma época: Theo y Vincent van Gogh–. La evolución de la obra de Joyce, desde la escritura de reseñas y ensayos en pequeñas revistas, hasta alcanzar el reconocimiento con el Ulises, no sin antes sortear una infinidad de obstáculos casi todos relacionados con la censura impuesta por la supuesta inmoralidad de su obra.
Alfonso Zapico ha recreado, ayudado por el dibujo de la historieta, una obra rica en detalles de las atmosferas, de la arquitectura de las diferentes ciudades en las que habita la familia Joyce y los parajes que frecuentan o se cruzan en el camino vital del escritor, todo el universo de la época, de la Europa en que se desenvuelve el escritor irlandés. Así, con pinceles y aguadas en escalas de grises, Zapico dibuja toda la gesta del escritor irlandés hasta alcanzar la gloria y el reconocimiento universal.

Pero también esta biografía, como debe ser, nos muestra el profuso mundo literario de la época, uno de los periodos más radiantes en cuanto al arte, la política y la literatura del antiguo continente. Por Dublinés, dependiendo del momento y el lugar en que se sitúa la vida de Joyce, van desfilando grandes figuras como  Henrik Ibsen, W. B. Yeats, Ezra Pound, H. G. Wells, Bernard Shaw, T. S. Eliot, Virginia Woolf, Paul Valéry, Marcel Proust, Ernest Hemingway, Samuel Beckett, Sergéi Eisenstein, Henri Matisse, André Gide, Le Corbusier e incluso un encuentro fortuito con el gestor de la revolución rusa. El ambiente político de Irlanda no es abandonado por Zapico, dando a entender el constante interés de Joyce por su patria y, obviamente, la presencia permanente de Irlanda en sus obras. Desde las revueltas, los intentos de independencia, la represión inglesa, los grandes personajes políticos y los mártires de la Irlanda que buscan su autodeterminación.


Hay, además, una serie de anécdotas de la vida del escritor de Ulises –muy seguramente tomadas por Zapico de las biografías que leyó de Joyce para documentarse– que, aunque parecen aisladas del relato central de su vida y su obra, ayudan a completar las piezas para que el lector tenga una más clara imagen del James Joyce como ser humano, de esos matices que lo hacen un ser terrenal, cercano, de carne y hueso.

Quizás se pueda aducir que Dublinés carece un poco de la flexibilidad y dinamismo del lenguaje del cómic, pues el libro completo está construido casi como un relato con ilustraciones más que con viñetas. Es verdad que la obra posee una preponderancia casi absoluta de la voz en off, pero al entender el talante de la obra de Zapico: una biografía, se puede deducir por qué el autor ha optado por darle más protagonismo a un narrador omnipresente que a los bocadillos de los mismos personajes de la narración. Más aún si lo vemos con la perspectiva de otras obras que han hecho algo parecido, como la biografía de Kafka, escrita por David Zane Mairowitz y dibujada por Robert Crumb, en donde también hay una preponderancia de la voz en off, o incluso en la monumental Genesis (del primer libro de la Biblia), dibujada por el mismo Crumb, en donde presenciamos un absolutismo en el narrador omnipresente. Esa característica aunque un poco rígida no le resta valor a la obra pues la narración es fluida, los detallados dibujos son de muy buen pincel y la estructura del guion nos lleva de eventos particulares, a circunstancias locales o mundiales, de ahí a anécdotas divertidas y a provocativos guiños al lector.
Un trabajo enorme le ha costado a Zapico construir Dublinés, pero el autor también ha contado con importantes ayudas como la Beca Alhondiga Bilbao, por la que pudo desarrollar el cómic durante un año en La Maison des auteurs en Angouleme (Francia). Además, Zapico viajó a varios lugares donde vivió y recorrió James Joyce, para documentarse a la hora de dibujar esa arquitectura y esa atmosfera que tan bien ha recreado en su libro. Finalmente, “Dublinés” es una obra al alcance de todos, una ventana agradable para conocer sobre la vida de James Joyce, como dijo el mismo Alfonzo Zapico en declaraciones a RTVE:

"James Joyce es un personaje fascinante, que tuvo una vida pintoresca y extraordinaria, y mi objetivo no es contar una historia complicada como el Ulises, sino recrear su fascinante vida; será una historia que llegará a todo el mundo".

Álvaro Vélez (truchafrita).
Originalmente en la Revista Universidad de Antioquia, 326 (oct-dic de 2016).

viernes, 26 de agosto de 2016

Velázquez a través del espejo

En un duelo de ingenio, típico de grandes artistas con inflados egos, y aprovechando una visita al Museo del Padro, en este caso acompañados de periodistas y del séquito de ambos genios, Jean Cocteau preguntó a Salvador Dalí que, en caso de incendio, qué salvaría del Museo del Prado. Dalí quedó pensativo y retrocedió ante la pregunta que intuyó como una trampa de Cocteau, éste en cambio se apresuró a contestar que él salvaría el fuego. Sabiendo Dalí que frente a la prensa, y a la respuesta de Cocteau, no podía quedarse corto se hizo el que reflexionaba un momento (porque la respuesta, según él, ya la tenía pensada hacía mucho tiempo), atinó a contestar que Dalí se llevaría el aire, y el aire específicamente contenido en Las Meninas de Velázquez, que es el aire de mejor calidad que existe. Ante tal respuesta Cocteau inclino su cabeza y reverenció la maravillosa ocurrencia del pintor español.


Esta anécdota la relata el mismo Salvador Dalí en la emisión (de 1977) del programa de televisión española A Fondo, que era dirigido y presentado por Joaquín Soler Serrano. En ese programa fueron entrevistados, entre 1976 y 1981, grandes figuras del arte y de las letras de Hispanoamérica (cabe destacar la participación de figuras como Juan Rulfo, Julio Cortázar o Ernesto Sábato, entre otros). Pero hacia donde quiero ir con la anécdota de Dalí es hacía Velázquez y, específicamente, la que ha sido considerada como la gran obra de la pintura española Las Meninas. La historia que relata Dalí no es más que un sólo gesto de admiración de los cientos o miles que existen a cerca de la obra de Diego Velázquez, una forma más de comprobar dicha admiración y reverencia hacia el genio sevillano se da en forma de historieta, con la publicación de Las Meninas, una novela gráfica escrita por Santiago García y dibujada por Javier Olivares (Astiberri Ediciones, Bilbao, 2014).
La novela gráfica, de García y Olivares, nos lleva por un extenso recorrido en donde vamos a poder ver el ascenso del pintor Diego Velázquez hasta alcanzar su anhelado sueño: llegar a la corte del rey Felipe IV, pero el relato no se queda ahí, pues la novela gráfica nos va a conducir también hacia su obra máxima, de qué forma llega a realizarla, cómo llega hasta allí y cómo construye, a través de un espejo, una de las más grandes obras de la pintura universal.


La novela gráfica Las Meninas explora también la forma en que el cuadro ha obsesionado, influenciado y atraído poderosamente a grandes artistas, desde Picasso, hasta el grupo de pop art español Crónica y pasando, obviamente, por figuras como Salvador Dalí. Entonces, con estos elementos, la narración en la novela gráfica no es del todo lineal pues el hilo conductor: la vida de Velázquez y su encuentro final con su obra maestra, está interrumpida en ocasiones por las obsesiones de pintores y artistas con el cuadro en cuestión, además existen flash back hacia la juventud de Velázquez y apartes de la vida cortesana del siglo XVIII, haciendo de la narración un relato rico en matices e, incluso, lleno de simbolismos con respecto a la época y a la vida de pintor y su obra.


Si a esa narración rica en alamedas, callejones y pasadizos, le sumamos el dibujo de Olivares la obra destaca de entre el montón. Se trata de un dibujo con un pincel suelto, lo que maximiza la pureza y la fuerza de lo que se quiere contar, además el simbolismo y la época quedan muy bien plasmados con ese pincel que a veces es más grueso y desparpajado. Claro, Olivares también se ha permitido cambiar el registro estético de su historieta en algunos apartes de la narración, y no sólo estético sino también del montaje, de la configuración de las viñetas y del uso de otras técnicas que, hecho aquí de manera absolutamente consciente y sin excesos, contribuyen enormemente a que Las Meninas sea una novela gráfica aún más apreciable.


Por todas estas cualidades estéticas y narrativas, por tratarse de un tema trascendente para el arte universal y por ser, de hecho, construido con cuidado y maestría, la novela gráfica Las Meninas fue galardonada en el año 2015 con el Premio Nacional de Cómic, en España. Es una obra a la altura de lo que narra, es una demostración más del poder de la historieta cuando de tratar temas tan apasionantes como universales y, por supuesto, tan grandiosos como es la vida y obra de Diego Velázquez. Esta novela gráfica de Las Meninas es un espejo más por el cual se puede reflejar Velázquez, uno más después de aquel primer espejo que le permitió retratarse al lado del rey Felipe IV, un truco que no sólo le valió ese gran honor en su momento sino todos los honores del arte universal hasta la eternidad.

Álvaro Vélez (truchafrita).
Originalmente en la Revista Universidad de Antioquia, 325 (jul-sep de 2016).

jueves, 18 de agosto de 2016

Ediciones ciento veintinueve y ciento treinta

Hace rato que no ponemos ediciones digitales de la gacetilla ROBOT (que ya, en el pasado, salieron en papel), pero vamos a tratar de ponerlos al día, por lo menos poco a poco. Así que aquí van estas dos ediciones: 129 y 130, que salieron en papel durante los meses de octubre y noviembre de 2014, respectivamente.
Disfrute de estas dos gacetillas en digital y recuerde que la edición en papel de la gacetilla ROBOT sale cada mes en Medellín, Colombia (justo esta semana que viene sale la edición 142 en papel).





jueves, 7 de julio de 2016

Las niñas no entran

Antes de los once o doce años el mundo de todo niño –o por lo menos de algunos niños– es más respirable, más amable y más calido. ¿Qué rompe aquella espléndida armonía? Las niñas. Ellas llegan como sin querer las cosas y los niños, que anteriormente no queríamos sus “cosas”, somos arrastrados hacia su universo en donde es fácil caer en laberintos emocionales. La primera perdida de la inocencia –porque no hay una sola, sino que son muchas–, es empezar a comprender que los hombres somos esclavos de los designios y caprichos de, en principio, una niña de diez u once años que nos tira del brazo para que juguemos al papá y la mamá, entre muñecas, tasitas y platicos de plástico, alimentos y roles imaginarios, como preludio de lo que nos deparará en la futura adultez: llevar el dinero a la casa, cargar, jugar y, en definitiva, criar a los hijos, discutir con la esposa y demostrar el amor entre marido y mujer, con pequeños besitos furtivos, durante el juego de niños, que luego se convertirán en piezas de extorsión durante el juego real de la vida conyugal, en la adultez. ¿Cómo huir de tal preparación para la vida? ¿Cómo escamotear ese aconductamiento al que somos sometidos desde niños, para el desastre final que será vivir sufriendo por relaciones amorosas toda la vida? Desafortunadamente no hay salida. Existen sí pequeños artilugios que, a los hombres, nos hace pensar que estamos más allá de los dulces y, al mismo tiempo, ponzoñosos tentáculos de una fémina, pequeñas tretas sicológicas que hacen que nuestra vida de sumisión sea más llevadera.


Ya quisiera yo tener la respuesta apropiada, la solución infalible contra la atracción que empieza a despertar, en algunos hombres, las mujeres. Atracción que, como ya lo dije antes, hace que nuestra vida sea una constante montaña rusa de pasiones. Y es este el momento, antes de continuar con esta pequeña revelación, de aplacar los exaltados ánimos de quienes han alcanzado a llegar hasta aquí –intuyo que he de dirigirme especialmente a las mujeres–, de frenar al lector que está a punto de reducirme a un concepto y decirle de una vez que mi intensión no va en contra de la mujeres, que a lo que atiendo en este momento es a hacer evidente un aspecto que ya todos conocemos, pero que es necesario volver a revelar, y que tiene que ver tan sólo con lograr pequeños momentos de serenidad en nuestras atormentadas vidas. Desde mi infancia y hasta el sol de hoy lo he tenido en frente porque, aunque algunos piensen lo contrario, los dibujos animados también pueden dar luces a la existencia y qué secreto a voces me viene repitiendo Tobi desde mi más temprana edad hasta el inicio de mi adultez.

“De dónde vienes pequeña Lulú, eres toda mi felicidad”, canta una voz masculina al inicio de la serie de dibujos animados de La Pequeña Lulú (Little Lulu) –el estribillo con el que empieza la serie de la década de los ochenta, inspirada en la tira creada, en 1935,  por la norteamericana Marjorie Henderson Buell (Marge) y que tuvo sus primeras apariciones en la legendaria revista Saturday Evening Post–, y uno sabe que es esa la primera frase que surge después de conocer a una mujer: ¿De dónde cayó? ¿En qué momento llegaste aquí para tener la fortuna de conocerte? Y, luego, el dulce y primer efecto del enamoramiento: “eres toda mi felicidad”. Sabio pero engañoso inicio para presentarnos luego a una niña inteligente (Lulú) que maneja a su antojo su propia vida y a muchos de los que están a su alrededor, y todos sabemos que cuando una mujer tiene ese control nos enloquece y es precisamente eso lo que le pasa a Tobi. Aún no sé, a estas alturas de mi vida, si el gordito egoísta está enamorado de Lulú, de lo que sí estoy seguro es que Tobi tiene una pequeña artimaña para escamotear, al menos por momentos, la aplastante presencia de una niña como Lulú: se trata de su club, del que sólo pueden ser miembros los niños (no sobra decir, de todas maneras, que ninguna niña tendrá membresía), y es allí donde Lulú se desquicia por la obvia razón de no poder controlar ese espacio, Tobi puede relajarse un rato y respirar tranquilamente mientras la niña trata de ingeniárselas para hacerse miembro del club de Tobi y esos intentos repetidos se convierten en el leitmotiv de la serie de dibujos animados.


Por fin Tobi puede respirar tranquilo (al menos por un corto tiempo), sabe que las niñas han entrado a su vida y quizás intuya que ya nunca saldrán de sus pensamientos, las bolas de cristal, el trompo, el juego de pelota, la cauchera, los videojuegos y las relaciones con sus amigos, ya no serán nunca más actividades de sana competencia o desinteresado esparcimiento, ya todo pasará por el cedazo de seducir o buscar la atención de una mujer. La única opción para escapar del universo femenino es crear un mundillo de fantasía en donde una manada sin hembras contribuya al fortalecimiento, así sea momentáneo y ficticio, de los machos. Eso es el club de Tobi, eso es el billar y las viejas heladerías, las barras de los bares o ver los partidos de fútbol en casa de un amigo. Una vez fortalecido el macho, con su logia de pipí, podrá estar nuevamente preparado a servir a su género opuesto, con toda la seguridad de que ese acatamiento se hará de forma voluntaria pues la mujer nos ha permitido, al menos por un rato, tener un club en donde las niñas no pueden entrar.

Álvaro Vélez (truchafrita)

domingo, 10 de abril de 2016

Una respuesta abre otras preguntas

La historia comienza en 1965, durante la Exposición Universal de Nueva York. Una comparsa de gigantes desfila por las calles de la gran manzana. Se trata de los gigantes de Pamplona, figuras hechas con tela, metal y madera, de las fiestas de San Fermín. Sin embargo, algo que sucede develará el verdadero talante de la época: dos gigantes que representan figuras negras no son permitidos en el desfile, lo que desatará la protesta, y posteriores desmanes, de muchos de los espectadores del gran desfile en Nueva York.
Estamos en los Estados Unidos de los años sesenta, en los que el racismo y la segregación racial están a la orden del día. Así que lo que parecería “normal” para muchos espectadores norteamericanos, en ese desfile de gigantes en Nueva York, es todo un impacto para un extranjero, en especial para el vasco Manex Unanue, quien pertenece a la comitiva del desfile de gigantes. Ese hecho, desafortunadamente cotidiano en ese momento y lugar, hace también que un hombre extraño a la situación como Manex logre entablar amistad con un negro del Bronx. Esta amistad es el comienzo de toda una aventura que se titula Black is beltza (editado en Colombia por Rey Naranjo Editores, 2015).

Esta aventura, en formato de historieta, es lo que podemos llamar un road-comic, un relato que viaja a lo largo de varios lugares y que involucra muchos personajes y situaciones. El hilo conductor es un amor y es también una búsqueda, adosada con la política y los movimientos sociales de la época, al mismo tiempo que con algunos coqueteos con la cultura y las artes de ese momento, y todo envuelto en una intriga internacional, con escapes, asesinatos, secretos y espías a bordo. Con Manex vamos a pasar de la agitada Norteamérica de los años sesenta, con los Panteras Negras y la noche musical del Bronx, a la Cuba revolucionaria de Fidel y sus barbudos, y de ahí a Ciudad de México y a la díscola Tijuana, luego a Los Ángeles, para descender después a un mítico festival de rock en Monterrey. La intriga continuará en San Francisco para subir luego a Montreal, hasta pasar el gran charco y llegar a la joven y libre Argelia, para finalmente terminar este tour de force en la ciudad de Madrid.


Pero con los lugares llegan también los personajes. En Black is beltza, Manex conocerá grandes hombres del momento: Malcom X, Muhammad Ali, el Che Guevara, la banda Velvet Underground, Andy Warhol, Jimi Hendrix, Emory Douglas, entre otros. Con algunos se topará de casualidad, a otros simplemente los verá a la distancia o entablará una pequeña conversación, y con unos pocos vivirá experiencias únicas, como el viaje de hongos acompañado del mismísimo Juan Rulfo. Parte de estas estas experiencias, y lo que hay alrededor de Black is beltza, las explica Fermín Muguruza en una entrevista:

En 1965 aparecen en la historia dos gigantes negros reales: se trata de Malcom X y su asesinato y Muhammad Ali y sus peleas tanto dentro como fuera del ring. En 1967 llegan muchos sucesos políticos: la guerra de los Seis Días, la de Vietnam, la joven independencia de Argelia, la lucha por la de Quebec, el movimiento de los Panteras Negras, la guerrilla del Che Guevara en Bolivia; también hitos culturales como el estreno de la película de Pedro Páramo y El llano en llamas de Juan Rulfo y la de La batalla de Argel, pasando por la edición del libro de Guy Debord titulado La sociedad del espectáculo; además, en lo que respecta al apartado musical, entre otros muchos, tuvo lugar el Festival del Monterrey, donde en la obra el lector podrá ver, sentir y conocer a Jimi Hendrix, Janis Joplin y Otis Redding (Tomado de www.eitb.eus).

Black is beltza es una novela gráfica hecha a seis manos: Fermín Muguruza es quien ha escrito la base de la historia (a Muguruza lo conocemos, desde la década de los ochenta, porque formó parte del grupo de ska-punk Kortatu), a Fermín se le une Harkaitz Cano, quien en su calidad de escritor ayuda a crear y pulir el guión de la novela gráfica. Y, finalmente, Jorge Alderete es el encargado de dibujar. En cuanto a la historia y su guion, es inevitable no encontrar una cercanía con las dos obras de Alberto Breccia y Juan Sasturain: Perramus y Diente por diente. La primera es una correría de aventuras en medio de la dictadura argentina, con comandos de la Triple A pisándoles los talones, en la década de los setenta, y la segunda una continuación de Perramus pero en un tono menos político, que se centra en la búsqueda de la dentadura de Carlos Gardel, diente por diente.
Desde el punto de vista gráfico, Black is beltza tiene varias y afortunadas características: la historieta está hecha con un dibujo de pincel grueso que le da cierto aire clásico a la historia, y al mismo tiempo cuenta con tramas mecánicas (grises con mallas de puntos) que refuerzan esa sensación de que estamos leyendo un cómic con fuerte influencia estética de algunas décadas atrás. Otra característica llamativa de la historieta es que está hecha a dos tintas, y más especial aún es que la segunda tinta, que combina con el siempre negro, cambia de color en cada capítulo o aventura que emprende su protagonista: un azul en Nueva York, un verde en Cuba, un sepia en México, etc.


Las seis manos que han logrado Black is beltza han cumplido con su cometido: adentrarnos en una historia apasionante, conectarnos con Manex Unanue y acompañarlo en sus correrías, reconocer personajes y conocer otros más, y visitar sitios apasionantes y otros sórdidos o convulsionados, románticos o difíciles. Han conseguido rodearnos por un momento de algo de la atmósfera reinante en esos turbulentos años sesenta. Black is beltza es de por sí una redundancia, algunos ya la intuirán, otros seguro ya la reconocieron con solo leer el título la primera vez. Pero sea que no sepan de qué se trata, que lo intuyan o que hayan encontrado de primera el truco de la frase, seguro van a hallar una respuesta más profunda en el libro. Eso sí, una respuesta no solamente es una puerta que se abre.

Álvaro Vélez (truchafrita).
Originalmente en la Revista Universidad de Antioquia, 323 (ene-mar de 2016).