domingo, 10 de abril de 2016

Una respuesta abre otras preguntas

La historia comienza en 1965, durante la Exposición Universal de Nueva York. Una comparsa de gigantes desfila por las calles de la gran manzana. Se trata de los gigantes de Pamplona, figuras hechas con tela, metal y madera, de las fiestas de San Fermín. Sin embargo, algo que sucede develará el verdadero talante de la época: dos gigantes que representan figuras negras no son permitidos en el desfile, lo que desatará la protesta, y posteriores desmanes, de muchos de los espectadores del gran desfile en Nueva York.
Estamos en los Estados Unidos de los años sesenta, en los que el racismo y la segregación racial están a la orden del día. Así que lo que parecería “normal” para muchos espectadores norteamericanos, en ese desfile de gigantes en Nueva York, es todo un impacto para un extranjero, en especial para el vasco Manex Unanue, quien pertenece a la comitiva del desfile de gigantes. Ese hecho, desafortunadamente cotidiano en ese momento y lugar, hace también que un hombre extraño a la situación como Manex logre entablar amistad con un negro del Bronx. Esta amistad es el comienzo de toda una aventura que se titula Black is beltza (editado en Colombia por Rey Naranjo Editores, 2015).

Esta aventura, en formato de historieta, es lo que podemos llamar un road-comic, un relato que viaja a lo largo de varios lugares y que involucra muchos personajes y situaciones. El hilo conductor es un amor y es también una búsqueda, adosada con la política y los movimientos sociales de la época, al mismo tiempo que con algunos coqueteos con la cultura y las artes de ese momento, y todo envuelto en una intriga internacional, con escapes, asesinatos, secretos y espías a bordo. Con Manex vamos a pasar de la agitada Norteamérica de los años sesenta, con los Panteras Negras y la noche musical del Bronx, a la Cuba revolucionaria de Fidel y sus barbudos, y de ahí a Ciudad de México y a la díscola Tijuana, luego a Los Ángeles, para descender después a un mítico festival de rock en Monterrey. La intriga continuará en San Francisco para subir luego a Montreal, hasta pasar el gran charco y llegar a la joven y libre Argelia, para finalmente terminar este tour de force en la ciudad de Madrid.


Pero con los lugares llegan también los personajes. En Black is beltza, Manex conocerá grandes hombres del momento: Malcom X, Muhammad Ali, el Che Guevara, la banda Velvet Underground, Andy Warhol, Jimi Hendrix, Emory Douglas, entre otros. Con algunos se topará de casualidad, a otros simplemente los verá a la distancia o entablará una pequeña conversación, y con unos pocos vivirá experiencias únicas, como el viaje de hongos acompañado del mismísimo Juan Rulfo. Parte de estas estas experiencias, y lo que hay alrededor de Black is beltza, las explica Fermín Muguruza en una entrevista:

En 1965 aparecen en la historia dos gigantes negros reales: se trata de Malcom X y su asesinato y Muhammad Ali y sus peleas tanto dentro como fuera del ring. En 1967 llegan muchos sucesos políticos: la guerra de los Seis Días, la de Vietnam, la joven independencia de Argelia, la lucha por la de Quebec, el movimiento de los Panteras Negras, la guerrilla del Che Guevara en Bolivia; también hitos culturales como el estreno de la película de Pedro Páramo y El llano en llamas de Juan Rulfo y la de La batalla de Argel, pasando por la edición del libro de Guy Debord titulado La sociedad del espectáculo; además, en lo que respecta al apartado musical, entre otros muchos, tuvo lugar el Festival del Monterrey, donde en la obra el lector podrá ver, sentir y conocer a Jimi Hendrix, Janis Joplin y Otis Redding (Tomado de www.eitb.eus).

Black is beltza es una novela gráfica hecha a seis manos: Fermín Muguruza es quien ha escrito la base de la historia (a Muguruza lo conocemos, desde la década de los ochenta, porque formó parte del grupo de ska-punk Kortatu), a Fermín se le une Harkaitz Cano, quien en su calidad de escritor ayuda a crear y pulir el guión de la novela gráfica. Y, finalmente, Jorge Alderete es el encargado de dibujar. En cuanto a la historia y su guion, es inevitable no encontrar una cercanía con las dos obras de Alberto Breccia y Juan Sasturain: Perramus y Diente por diente. La primera es una correría de aventuras en medio de la dictadura argentina, con comandos de la Triple A pisándoles los talones, en la década de los setenta, y la segunda una continuación de Perramus pero en un tono menos político, que se centra en la búsqueda de la dentadura de Carlos Gardel, diente por diente.
Desde el punto de vista gráfico, Black is beltza tiene varias y afortunadas características: la historieta está hecha con un dibujo de pincel grueso que le da cierto aire clásico a la historia, y al mismo tiempo cuenta con tramas mecánicas (grises con mallas de puntos) que refuerzan esa sensación de que estamos leyendo un cómic con fuerte influencia estética de algunas décadas atrás. Otra característica llamativa de la historieta es que está hecha a dos tintas, y más especial aún es que la segunda tinta, que combina con el siempre negro, cambia de color en cada capítulo o aventura que emprende su protagonista: un azul en Nueva York, un verde en Cuba, un sepia en México, etc.


Las seis manos que han logrado Black is beltza han cumplido con su cometido: adentrarnos en una historia apasionante, conectarnos con Manex Unanue y acompañarlo en sus correrías, reconocer personajes y conocer otros más, y visitar sitios apasionantes y otros sórdidos o convulsionados, románticos o difíciles. Han conseguido rodearnos por un momento de algo de la atmósfera reinante en esos turbulentos años sesenta. Black is beltza es de por sí una redundancia, algunos ya la intuirán, otros seguro ya la reconocieron con solo leer el título la primera vez. Pero sea que no sepan de qué se trata, que lo intuyan o que hayan encontrado de primera el truco de la frase, seguro van a hallar una respuesta más profunda en el libro. Eso sí, una respuesta no solamente es una puerta que se abre.

Álvaro Vélez (truchafrita).
Originalmente en la Revista Universidad de Antioquia, 323 (ene-mar de 2016).

viernes, 18 de diciembre de 2015

Crumb, el gran dibujante

Pongámonos serios y hablemos del más grande dibujante de cómics vivo: Robert Crumb (Filadelfia, 1943). Dos libros, para empezar, hablan hoy de ese monumento vivo que es Crumb: Tus ganas de vivir me horrorizan. Correspondencia 1958-1977 y R. Crumb. Entrevistas y cómics. Durante más de cuatro décadas —con un pequeño periodo oscuro durante los años ochenta— Robert Crumb se ha mantenido en la cresta de la ola del cómic norteamericano y mundial.


Se puede decir que Crumb dibuja desde que tiene uso de razón; de eso nos enteramos por el documental acerca de su obra, dirigido por Terry Zwigoff titulado, de manera concisa, Crumb (1994). A ese documental se le han sumado en los últimos años dos obras que ayudan a completar las vivencias y personalidad del gran dibujante. En Tus ganas de vivir me horrorizan. Correspondencia 1958-1977 (Dolmen Editorial, 2009) presenciamos el periodo de formación de Crumb. Se trata de una serie de cartas enviadas a dos de sus grandes amigos de la adolescencia y la primera juventud: Marty Pahls y Mike Britt; ellos serán los depositarios y cómplices de la pasión de Crumb por la música tradicional norteamericana, por el coleccionismo de discos de vinilo y cómics y, sobre todo, por el dibujo de historietas. Dudas, arrebatos, desencantos, obsesiones y temores asaltan al dibujante en la correspondencia a sus amigos, que cubre casi dos décadas. Pero también, en esas cartas, están consignados todos los obstáculos, frustraciones y deseos del adolescente Crumb: su familia disfuncional, la pobreza, sus fallidos intentos de socializar con el mundo que lo rodea, con sus compañeros de colegio y, sobre todo, con las mujeres. Este último aspecto es el que más constancia tiene en sus misivas y el que, a la postre, se convertirá en una de las columnas vertebrales de toda su obra en historieta.

No tengo nada contra las chicas. De hecho no soy lo que tú llamarías un “ardiente feminista”. Idolatro la naturaleza femenina (¿quién no?). Lo que pasa es que la mayoría son como tu amiga Carol… Sólo buscan la felicidad artificial. Lo que creen que quieren no es realmente lo que quieren en absoluto. Hay algunas excepciones, supongo. Pero no puedo llevarme bien con las chicas porque no encajo en sus ilusiones. Lo que quiero dar, ellas no parecen quererlo. No sé. Quizás cuando sean mayores. (Dover, 28 de mayo de 1961).

En su correspondencia también podemos apreciar la profunda dedicación de Crumb por el dibujo de historietas. El maestro se hace a pulso, a punta de trabajo duro y constante. Aunque más que empeño se trata de una obsesión. Comparte con sus amigos sus inquietudes como dibujante, las metas que quiere alcanzar, analiza el panorama del dibujo de cómics en su época, los dibujantes que más aprecia de su presente y su pasado, las publicaciones que acogen o acogieron a esos dibujantes. Parece que todo el tiempo Crumb está pensando en su obra, o mejor, en cómo quiere crear su obra.

Creo que la mayoría de los dibujantes se vieron obligados a hacer del dibujo el trabajo de su vida porque descubrieron que no estaban hechos para la vida que la mayoría de los hombres viven... No podrían haberse adaptado a las normas, así que se fueron por su propio camino y crearon sus propios mundos... Noto que cuando hay un montón de gente y cosas a mi alrededor con las que disfruto, descuido mi dibujo completamente... Me importa un bledo éste... Pero tarde o temprano siempre vuelvo a él... Es como un refugio contra la terrible confusión y tristeza de la vida real... (Cleveland, 17 de agosto de 1963).

Vemos, a través de sus cartas,el ascenso de Crumb en el mundo de los cómics (por lo menos en Estados Unidos o en la costa oeste, en especial en San Francisco), desde el chico de quince años temeroso del mundo hasta el joven de veinticuatro años empezando a disfrutar de las mieles del éxito. Bueno, ese éxito también viene acompañado de problemas legales y maritales, asuntos nada agradables que serán un poco más claros en otro de los libros acerca de su vida y obra.


En R. Crumb. Entrevista y cómics (Gallo Nero Ediciones, 2014) se resuelven nuestras dudas acerca de algunos pasajes de la vida del gran dibujante: cinco entrevistas para editores y revistas especializadas compila el libro (entre 1984 y 1995). Aquí Crumb lo cuenta todo (o casi todo): su niñez y adolescencia en medio de las peleas entre sus padres y la autoridad de su hermano Charles, la locura de Charles y el descarrile de su otro hermano Maxon, la distancia con sus hermanas desde la juventud, sus primeros pasos en la vida laboral, el ascenso al éxito y los problemas de la fama. Todos los tópicos que se pueden encontrar en sus historietas son tratados en esta serie de entrevistas: por supuesto, su extraña relación con las mujeres, su sentido antisistema, el retraimiento que le permite su oficio, el amor por su hija, su remordimiento por haber estado distanciado de su primer hijo, el profundo respeto que siente por la música tradicional norteamericana (en especial por el blues, por la música negra de principios del siglo XX) y el desprecio absoluto por el poder político y económico.

Podría decirse que el europeo medio también es idiota, pero su sistema incluye un poco más a la gente. Están un poco más informados, de una manera inteligente. Sus medios de comunicación y todo eso no tienen un enfoque tan sensacionalista. También hay periódicos estúpidos que no hablan más que de cotilleos, pero no es lo único que hay. (De una entrevista realizada por Gary Groth y publicada originalmente en The Comic Journal, abril de 1993).

También se encuentra, en esta serie de entrevistas, la opinión de Crumb con respecto a su ascenso en el mundo de los cómics, su primer éxito de los años sesenta y setenta, impulsado por la onda hippie –a la cual nunca perteneció de lleno y que, por eso mismo, logró superar– y los movimientos contraculturales de la época, cuyo epicentro fue la ciudad de San Francisco, en la cual Crumb se afincó por un buen tiempo; su “retiro” del gran escenario de las viñetas, en los años ochenta, una salida involuntaria, pues se trataba más bien de un desgaste del mundo de la contracultura y el hipismo de los sesenta; y, finalmente, su gran reaparición después de estrenarse el documental Crumb, en 1994.


Quizás no todos opinen lo mismo, tal vez reciba comentarios reprobatorios de algunos lectores (unos insultarán, espero que pocos), pero me reafirmo en el hecho de que Robert Crumb es el dibujante vivo más importante del presente. Quizás algunos vean que tal título le queda mejor a un dibujante europeo o incluso, y más aún, a uno japonés. Pero después de haber leído gran parte de su obra (y como ya dije, constante durante más de cuarenta años) y de haber disfrutado de algo de su mundo más íntimo y de sus opiniones particulares acerca de casi todo en su libro de correspondencia, en el libro de entrevistas y en el documental de 1994, creo que no me queda ninguna duda acerca de la altura de Robert Crumb, el gran dibujante.

Álvaro Vélez (truchafrita).
Originalmente en la Revista Universidad de Antioquia, 322 (oct-dic de 2015).

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Edición ciento veintisiete y ciento veintiocho

Un prólogo de Joe Sacco sobre su inclusión en el club de los dibujantes ricos (bienvenido Joe, te demoraste un poco pero llegaste. Aquí siempre hay wiskhy, leche y miel); las ventajas y desventajas de casarse, por el joven Charles Darwin y las colaboraciones, locales y más importantes, de Byron Alaff, Nomás, Luto y Truchafrita.
Pase usted, está es la edición doble de ROBOT (127-128), de agosto-septiembre de 2014, en digital:




viernes, 18 de septiembre de 2015

Edición ciento veintiséis

Después de la resaca de las elecciones presidenciales en Colombia, y del campeonato mundial de fútbol, de Brasil 2014, veía la luz la edición 126 de tu gacetilla amiga (sí, la de siempre, la de comiquitas). En esa ocasión (en julio de 2014) colaboraron para que fuera posible Luto, Marco Noreña y Truchafrita (ah, y con la participación especial del siempre recordado dibujante español Nazario). Fue una buena época, fueron buenos cómics, fue una buena edición esa gacetilla de ROBOT. Por eso, esta vez, está aquí para que ahora la disfrutes en digital:


miércoles, 19 de agosto de 2015

Edición ciento veinticinco

La decana de las gacetillas de cómics en Colombia, Robot, salía con su edición 125 en junio de 2014. En pleno campeonato mundial de fútbol (el de Brasil 2014) los cómics seguían fluyendo (puede llover, llorar, tronar o caer rayos y Robot siempre saldrá) con colaboraciones de Luto, Truchafrita y una intervención de Scott McCloud. Aquí está la edición en digital:


miércoles, 12 de agosto de 2015

El mayor coleccionista de cómics del mundo

Ser coleccionista es una actividad apasionante, rigurosa, aplastante y angustiosa. Debe haber una especie de neurosis en la persona que convierte en una obsesión el juntar objetos —qué importa de qué tipo sean estos—, y clasificarlos ayudado por la fecha de su fabricación, por quién lo construyó o creó, por el lugar en donde fue hecho o por alguna anécdota relacionada con esas tres variantes.

Wimbledon Green es un sujeto de esos, un coleccionista que ha hecho de su vida una obsesión por poseer los más singulares cómics de la llamada época de oro. Historietas de la década de 1940 en formato de comic-book son su objetivo; recorre infinidad de lugares en busca de las piezas que le son esquivas, sobre todo aquella historieta que se le ha escapado toda su vida y que persigue como quien busca el Santo Grial. Estamos en presencia pues del mayor coleccionista de cómics del mundo, el mismo Wimbledon Green se ha autonombrado así, aunque algunos de sus adversarios en el coleccionismo de historietas no están tan del todo seguros pues, incluso, lo han llegado a acusar de maniobras poco leales, y poco legales, para conseguir ejemplares y colecciones enteras.


Tal personaje merecía una historia larga y tendida. Por eso ha sido el dibujante canadiense Seth (seudónimo de Gregory Gallant, 1962) quien se ha encargado de sacarlo de sus cuadernos de bocetos, en donde fue creado y en donde la historia tomó vuelo, hasta convertirlo en un libro. Wimbledon Green (Ediciones Sinsentido, Madrid, 2011, para la edición en español) es una obra que retrata justamente ese mundo del coleccionismo en cómic, con la ayuda de una muy entretenida historia acerca de este personaje de ficción, sus aventuras y la rivalidad con otros coleccionistas de historietas.


Esta es una obra un poco diferente a las que nos tenía acostumbrado Seth en libros como La vida es buena si no te rindes, y es el inicio de un díptico que se completará con George Sprott 1894-1975. Seth muestra en Wimbledon Green una narración fragmentada en donde el lector pasa de ser espectador de las aventuras de búsqueda y rivalidad con los demás coleccionistas, a sentarse y escuchar la opinión de un librero, de un simple lector de historietas o de uno de sus rivales acerca de la misteriosa vida de Wimbledon Green. Además, el relato sufre cambios de tiempo en los que, muchas veces, retrocedemos para conocer algún detalle clave acerca del mayor coleccionista de cómics. De esta forma vamos desentramando la misteriosa, desparpajada y excéntrica personalidad de Wimbledon Green.
La historieta está construida en un montaje de pequeñas viñetas (en algunos casos hasta veinte por página), en donde el detalle se sacrifica por la acción y el ritmo que lleva la historia. El dibujo también es un poco simple, en parte por el tamaño reducido de las viñetas, y recuerda mucho esas historietas de los años veinte, recopiladas luego en unos protocomic-books por allá en los treinta y cuarenta, que llevaban el nombre de funnies. Todo esto privilegia la historia que Seth quiere contar, todo un asunto de obsesión por las publicaciones de cómic: la rivalidad entre grandes coleccionistas; las huidas, persecuciones y reencuentros desagradables entre enemigos de afición; las anécdotas alrededor de los hallazgos y perdidas; la satisfacción de encontrar un ejemplar que se creía perdido; la búsqueda incansable de ese Santo Grial del cómic y el mayor anhelo por ser el único que tenga la más grande colección de historietas del mundo.

Pero también el montaje, el dibujo y parte de esa narración entrecortada que aplica Seth en Wimbledon Green viene de la influencia del estadounidense Chris Ware, quien durante más de tres décadas ha ido abriendo frontera en los cómics y mostrando otro tipo de estéticas. No en vano Seth inicia su libro así: “dedicado a mi amigo Chris Ware, que sigue mostrándome el camino”.
Wimbledon Green es una obra que surge directamente del cuaderno de dibujo de su autor y quizás por eso es un cómic fresco, suelto y divertido, que recuerda las historietas de antaño y que, al mismo tiempo, está parado estética y narrativamente en nuestros tiempos. Además es una obra sobre un asunto apasionante y que, al mismo tiempo, le ha hecho un daño terrible a las historietas: el coleccionismo.

Álvaro Vélez (truchafrita)

jueves, 23 de julio de 2015

Edición ciento veinticuatro

Hace un poco más de un año estábamos a punto de sufrir la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Como casi siempre los candidatos a la presidencia fueron pura basura, pero en este caso se trataba de dos caballos de Uribe... En fin, nosotros en esa edición, de mayo de 2014, proponíamos que votaran por Robot, pues pensábamos que era la mejor opción para ser el presidente de la República. No sobra decir que no nos hicieron caso, y ahora todo el mundo llora...

Desde las oficinas de la decana de las gacetillas de cómic en Colombia, Robot, les regalamos esta edición digital, la ciento veinticuatro. Y les decimos también que chupen por brutos, que sigan llorando sobre la leche derramada por no haber votado por Robot a la presidencia de Colombia.


martes, 21 de julio de 2015

El fin del amor romántico y el diario de un putero


 “¿A quién le importa si una mujer decide cobrar por sexo?”, se pregunta Robert Crumb en el prólogo del libro Pagando por ello, memorias en cómic de un putero (Ediciones La Cúpula, Barcelona, 2001), del canadiense Chester Brown. Con un dibujo sencillo y minimalista, Brown nos conduce por sus experiencias con la prostitución en la ciudad de Toronto. El inicio del periplo de Chester Brown es sencillo: cansado de la entrega absoluta y las condiciones que supone mantener una relación romántica, decide romper con su novia Sook-Yin y resuelve, simplemente, ir de putas con la premisa de que en toda relación siempre se paga algo a cambio de poder tener relaciones íntimas.


Antes de dar el primer paso hacia el mundo del sexo pagado, el autor intercambia opiniones con sus amigos y colegas dibujantes Seth y Joe Matt, al igual que con su amiga Kris Nakamura, lo que nos permite como lectores asistir a diálogos donde la moral, la higiene, las normas, las opiniones subjetivas, las costumbres y los mitos alrededor de la prostitución y del amor romántico van ubicando a los personajes en diferentes posiciones. Claramente, el enfoque de Chester Brown es objetivo: si quiero tener sexo y no puedo acceder a él en el amor romántico, porque me es complicado manejar otros aspectos de ese tipo de relación, entonces simplemente pago por ello.

A partir de esa premisa, y después de indagaciones e intentos por relacionarse con prostitutas, Chester Brown consigue por fin su objetivo. De esa forma el relato toma vuelo porque el autor va contando, en una especie de diario con fechas y con las mujeres con que se relaciona, sus experiencias con el sexo pagado. El libro está dividido en capítulos, cada uno de ellos relacionado con una prostituta y con los encuentros con ésta. A veces, y como es lógico, va a visitar más de una vez a una mujer, entonces se estrechan más la relaciones y el autor nos regala, además de la consabida relación sexual dibujada, una conversación poscoito que muchas veces es más reveladora que el intercambio de fluidos que la precedió.

Pero el putero y dibujante es respetuoso en su relato, cambia el nombre de las prostitutas y, a pesar de que es dibujado, nunca se ve la cara de alguna de ellas porque las ubica sin mostrar el rostro o, simplemente, cubre su cara con un globo de diálogo. También cuida de dar una información detallada de la vida personal de cada una de las chicas con las que se acuesta. En todos estos sentidos Chester Brown es absolutamente respetuoso con sus encuentros sexuales, a pesar de que en los mismos su dibujo es explícito al punto de que podemos entrar en la intimidad de sus relaciones con las prostitutas y de asistir, como un típico voyerista, a las sesiones de sexo (como si fuera poco, el libro viene recomendado por algunas organizaciones y líderes de trabajadoras sexuales en Norteamérica).


La construcción formal del cómic Pagando por ello, memorias en cómic de un putero, es bastante atractiva quizás por lo que parece no mostrar: es un dibujo con pocos detalles y en un montaje con pequeñas viñetas. Chester Brown no hace alarde de grandes escenarios, mantiene casi siempre los mismos planos (medios, enteros y generales) y las posturas, en los momentos del sexo explícito, son completamente “normales”. Esto quizás reduzca la carga erótica, y hasta pornográfica, del cómic en su superficialidad, pero aumenta el interés por lo que el autor quiere mostrar más allá de sus experiencias con la prostitución: que la misma no debería tener una carga moral tan fuerte porque se trata de una relación entre adultos, con consentimiento de ambos. ¿Qué diferencia puede haber entre el sexo dentro del amor romántico y el de la prostitución, si ambos, al final de cuentas, tienen que ser pagados con algo? Parece preguntarnos Chester Brown a lo largo del relato, en sus encuentros con las prostitutas, en las conversaciones con ellas o con sus amigos acerca del asunto.

Este libro, además, va más allá de un simple diario de putas. Chester Brown ha agregado al final del relato en cómic una serie de anexos que explican no sólo la forma tan detallada y respetuosa como construyó el relato sino además, y más importante aún, sus opiniones sobre la normalización de la prostitución en Canadá, sobre cómo es vista esta práctica en un mundo machista y de doble moral, además de explicar el hecho de que la prostitución ejercida de manera libre, con el consentimiento de ambas partes, es una transacción normal y beneficiosa para quienes la practican.


Finalmente, y como lo vamos descubriendo, Brown desecha por completo el amor romántico y termina construyendo su vida sexual alrededor del sexo pagado. Pero no todo es vacuo y frío como parece, pues el mismo Chester Brown termina “enamorado” de una prostituta llamada Denise, o por lo menos teniendo con ella una especie de relación de monogamia donde, obviamente, el dinero está aún de por medio. El autor se despide del relato en una calle de Toronto, mientras conversa con su amigo y colega Seth y lo pone al tanto de su nueva relación de monogamia pagada: “Así que pagar por sexo no es una experiencia vacía si estás pagando por sexo a la persona adecuada”.

Álvaro Vélez (truchafrita)