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lunes, 4 de septiembre de 2017

Los de la banda dibujada

Hablar sobre la historieta francesa es adentrarse en un vasto mundo casi sin fronteras. El cómic francés  hace parte de una de las tres grandes tradiciones de las narraciones dibujadas en el mundo, junto con la historieta estadounidense y la japonesa. Así que no es fácil abarcar la totalidad de las obras y autores, a lo largo de más de un siglo –en lo que se podría considerar la historieta moderna–, en la tradición francesa. Por ese motivo es mejor apelar a lo que se puede considerar lo más representativo de la historieta francesa, de sus etilos, de sus obras y sus autores.
Habría que hacer una primera consideración: la industria y producción de historietas en Francia está íntimamente ligada a Bélgica. Ambos países comparten una tradición común, en donde autores y obras se comunican con un público binacional. Esta característica es plenamente comprobada en una de las primeras obras representativas del cómic franco-belga: Tintín.
Francia posee, como en el caso de Inglaterra, una amplia tradición de dibujos y grabados, que fueron apareciendo en la prensa del siglo XVIII. Algunos de los autores de estos dibujos, y respaldados por la prensa de la época, fueron convirtiendo sus obras en armas en contra del poder político, en dibujos con opinión, con cargas críticas frente al orden establecido y convirtiéndose en lo que llamamos ahora caricatura.
Esas caricaturas, sumadas a una tradición aún más antigua de narración con imágenes, como en el caso del famoso Tapiz de Bayeux  (que data del siglo XI), dieron como origen las historietas francesas (que aparecen tímidamente en el siglo XIX). Si en Estados Unidos, a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, a las historietas que aparecían en prensa se les llamó tiras cómicas (comic strips) por la forma en que estaban hechas, a la manera de cintas o de filas de viñetas dibujadas y de un contenido en su mayoría risible, las historietas franco-belgas tomaron el nombre de bande dessinée (banda dibujada), también apelando a su forma.
Los primeros años del siglo XX dan las bases de la historieta franco-belga hasta la llegada del ya mencionado primer gran referente: Tintín. Las aventuras del periodista y detective aparecen por primera vez en  el suplemento juvenil Le Petit Vingtième, y se trata de Tintín en el país de los soviets (1929), su autor es el belga George Remi (más conocido por su seudónimo Hergé). A partir de ahí Tintín será protagonista de varias aventuras, algunas de las cuales lo llevaran hacia África, el lejano Oriente, América del Sur e incluso hacia la Luna (una aventura en dos álbumes: Objetivo: la Luna, de 1953, y Aterrizaje en la Luna, de 1954), en una variedad de publicaciones que van hasta mediados de 1970. El estilo de dibujo de Hergé, en Tintin, se convierte en toda una escuela para la historieta franco-belga: el estilo línea clara (o “escuela de Bruselas”), en donde los contornos de los dibujos constituyen la mayor parte de los trazos y en donde los tramados, para crear sensaciones de luz u oscuridad, son casi inexistentes, en una suerte de sensación de dibujo limpio que se completa con escalas de grises o colores.


Varias críticas le han caído a Hergé y su obra, tildándola de colonialista, de anticomunista  e incluso de racista. Esas críticas encuentran asidero, en especial, en Tintín en el Congo (1931), pero se podría aducir que se trata de una obra inmersa en su época, sobre todo por lo que se sabe acerca de cómo fue el tratamiento de Bélgica, sobre el ahora territorio congolés, cuando ejercía su poder colonial durante el siglo XIX.
Pero hablando de otro colonialismo o, mejor, de una aculturación que es común a varias sociedades, durante el siglo XX, la historieta franco-belga también sufre la invasión del cómic norteamericano. Esto sucede a partir de la segunda mitad de la década de 1930 y se prolongara hasta los primeros años de la postguerra de la Segunda Guerra Mundial. Pero no es del todo negativo, la invasión de cómics norteamericanos –al igual que sucedería en Japón durante la ocupación –, en cierta forma crea y renueva gustos entre un público lector y, al generar interés, impulsa la producción tanto de material estadounidense como, en este caso, franco-belga.
De esa forma aparece, después de la Segunda Guerra Mundial una serie de publicaciones que van a enrobustecer el panorama de la historieta franco-belga y generar su llamada época de oro: las revistas belgas Le Journal de Spirou (o Spirou) y Tintín, que se suman a las francesas de la editorial Fleurus y la revista Vaillant. Ahí van a publicar los grandes nombres de la historieta franco-belga de la época. La revista Tintín agrupará autores como Hergé, autor de Las aventuras de Tintín, Jacobs, creador de Blake y Mortimer, Jacques Martin, autor de Alix y Lefranc, Bob de Moor, Paul Cuvelier, Jacques Laudy, todo con el estilo de la línea clara. A su vez Spirou tendrá a Jijé, Franquin, Morris, Peyo, y a los guionistas Charlier y Goscinny, creando series de humor ya famosas como Lucky Luke (1946), Gaston Lagaffe (1957) o Los pitufos (1958).
Apartado especial merece la creación del guionista René Goscinny y el dibujante Albert Uderzo: Astérix el Galo. Ahora, para muchos, es inconfundible el comienzo de esta legendaria historieta:

“Estamos en el año 50 antes de Jesucristo. Toda la Galia está ocupada por los romanos… ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía y siempre al invasor”.

Asterix se sitúa en la Galia, justo durante la invasión romana. Según la historieta de Goscinny y Uderzo sólo una aldea gala resiste al ejército de Roma y todo gracias a una poción mágica, inventada por el jefe druida de la aldea, que les da una fuerza increíble y los hace invencibles. Las aventuras de Asterix, el héroe de la historieta, de baja estatura y de temperamento irritable, acompañado por el fortachón, tierno e inocente Obelix (quien no necesita de la poción mágica pues  posee una fuerza sobre humana, desde que se cayó en el caldero de la poción cuando era bebé) y del fiel compañero perruno Ideafix, se desarrollan dentro de todo el mundo romano, y un poco también fuera de sus marcas. Lo que hace de la historieta una obra aún más interesante es su comicidad, llena de gags físicos, de chistes inocentes y de referencias históricas. Se trata de la obra maestra del guionista René Goscinny, quien ya había probado suerte con Lucky Luke, ambientada en la etapa de la conquista del oeste norteamericano. Asterix incluso ha llegado a convertirse en un símbolo del orgullo galo, en la personificación de los valores nacionales franceses.

Tanto Asterix, como otras grandes obras de la historieta franco-belga de finales de la década de 1950 y de 1960, surgen de la revista Pilote, fundada por Goscinny y Charlier, y finalmente adquirida por la editorial Dargaud. De Pilote surgen series que alcanzan gran popularidad, como la mencionada Astérix el Galo (1959), el Teniente Blueberry (de Jean Giraud, creada en 1963), Aquiles Talón (1963), Philémon (1965), Valerián y Laureline (1967). El dibujante Jean Giraud, quien despega en su labor con los realistas, meticulosos y muy logrados episodios del Teniente Bluebery  dentro de muy poco se convertirá en uno de los grandes referentes del cómic franco-belga.


Se le conoce mejor por su seudónimo: Moebius, y es uno de los más grandes (incluso de la historieta mundial). La trayectoria de Jean Giraud Moebius parte de la década de los sesenta con la ya mencionada Teniente Blueberry, pero su carrera como dibujante alcanzará cuotas mayores a partir de la década de 1970. En 1974 forma el grupo de los Humanoides Asociados con otros autores como Philippe Druillet, Jean-Pierre Dionnet y Bernard Farkas. Juntos crean la revista de ciencia ficción y fantasía Metal Hurtlant (publicación que inspira la creación de la famosa revista norteamericana Heavy Metal, y otras revistas de ciencia ficción como la española Cimoc), en sus páginas Moebius crea historias y personajes que aún permanecen en la retina de muchos, como Arzach, The long tomorrow o El garaje hermético (esta última inspirada en la lectura de las obras de Carlos Castaneda).


A finales de la década de 1970, Moebius colabora en el intento de la realización cinematográfica de Dune, ahí conoce al chileno Alejandro Jodorowsky y, juntos, emprenden una época de colaboraciones cuya obra más representativa es la saga de El Incal (Las aventuras de John Difool), desde 1981 hasta el 2001. Jean Giraud participó en los diseños de varias películas, entre las que se destacan: Alien (1979), Tron (1982), Masters of the Universe (1986), Willow (1987) o Abyss (1989). Incluso dibujó dos tomos de Silver Surfer, con guiones de su mismo creador Stan Lee, en 1984.
La sombra de Metal Hurtlant, y en especial de Moebius, está aún presente en la historieta franco-belga, pero su renovación siempre es constante. Los títulos fluyen a una cantidad descomunal, el músculo financiero permite una constante actividad editorial y los lectores, además de ser numerosos, reclaman siempre obras disímiles en cuanto a géneros, estilos de dibujo, narración. Eso porque el consumo y lectura de historietas en el panorama franco-belga involucra a toda la población, sin distinción de edad, género o estrato socioeconómico. Por eso mismo la renovación, después de la imponente presencia de un autor como Moebius es natural y, quizás, poco traumática en Francia: en la década de 1990 aparece un grupo de jóvenes autores que también destacan en el amplio panorama de la historieta franco-belga.
Se les conocerá como L'Association y se agrupan es una pequeña editorial fundada (en mayo de 1990) por Jean-Christophe Menu, Lewis Trondheim, David B., Mattt Konture, Patrice Killoffer, Stanislas y Mokeït. Estos jóvenes, en parte, renuevan y dan nuevos aires a la historieta. Se trata, en muchos casos, de obras que rayan ahora con asuntos cotidianos, con historias mínimas, también con experimentaciones gráficas y narrativas (un colectivo muy parecido al que años antes se agrupó, en Norteamérica, alrededor de la revista RAW y que dio inicio al llamado comic independiente norteamericano). Mención especial merecen las obras de Lewis Trondheim y David B., éste último con una obra entrañable, y difícil de olvidar, acerca de la vida de su hermano aquejado por una enfermedad mental: La ascensión del gran mal (en el francés original, L'Ascension du haut mal, 1996).


L'Association también ha recibido autores de historieta de dentro y fuera del país, como el caso del talentoso Joann Sfar o, quizás más conocida, la dibujante iraní Marjane Satrapi creadora de obra Persépolis (2000), acerca de su infancia y adolescencia en Irán y en las épocas convulsionadas de la caída del Sha y el ascenso del Ayatola Ruhollah Jomeini (Persépolis fue llevada también al cine, en 2007, en una exitosa adaptación en dibujos animados). Pero esta particularidad, el hecho de que el cómic francés o belga acoja a dibujantes y guionistas extranjeros no es tal. Hay muchos ejemplos, pero mencionemos sólo algunos: el caso del ya comentado del guionista, escritor y cineasta chileno Alejandro Jodorowsky; del argentino Juan Giménez López, autor de la serie La casta de los Metabarones (junto al mismo Jodorowsky) o del yugoslavo Enki Bilal autor, entre muchas otras obras, de la Trilogía de Nikopol.


La inmensa producción e industria del cómic franco-belga tienen una vitrina excepcional:  El Festival Internacional del Cómic de Angulema, que se celebra, cada dos años en la pequeña población de Angulema (Francia), desde 1974 y que, en la actualidad, es quizás el festival de historietas más importante del mundo por su contenido, por su variedad de títulos, de autores y de público.
Es menester tratar de finalizar este pequeño repaso, por la historieta franco-belga, un poco como se comenzó: aclarando el gran universo que contienen dicho tema y que lo que se ha expuesto aquí es únicamente un abre bocas, una serie de obras de lo que se podrían pensar son importantes referentes. Como entremés puede funcionar bien, sobre todo porque lo que realmente es importante en la historieta franco-belga, como en el resto del cómic mundial, son sus obras: abrir los libros y revistas de historietas y disfrutar de todo un universo, uno casi sin límites (y Francia sí que ofrece mucho de eso).

Álvaro Vélez  (truchafrita).

viernes, 12 de diciembre de 2014

Un viaje del corazón

La historia comienza con algo de oscuridad y misterio: unas viñetas iniciales que parecen el recuerdo de algo, de un algo vago, olvidado; después nos vamos directamente a un ring de boxeo en donde los pugilistas parecen enfrentarse por minucias, como siempre parece que sucede en la mayoría de los combates de boxeo. Estamos en el inicio de Come Prima, una novela gráfica de Lionel Papagalli, quien usa el seudónimo de Alfred (dibujante nacido en Francia en 1976), y desde esas primeras páginas ya muestra una contundencia, una cadencia y el buen manejo de la narración y el dibujo en comic.

Come Prima (que traduce “Como antes”, pero ha sido editado en español con el título original. Ediciones Salamandra, Barcelona, 2014) es la historia de dos hermanos, Fabio y Giovanni, quienes emprenden un viaje desde Francia hasta Italia. Fabio, un boxeador de medio pelo, dejó su hogar, en Italia, desde adolescente, y Giovanni ha decidido viajar hasta Francia en busca de un reencuentro. La excusa para llevarse a su hermano mayor de vuelta a Italia es organizar la herencia tras la muerte de su padre, quien por cierto ha viajado con Giovanni, o por lo menos lo ha hecho lo que resta de él: una urna con sus cenizas.
La novela gráfica será entonces una especie de roadcomic (si es que el término se puede usar), una historieta de carretera en donde los dos hermanos, con la compañía de las cenizas de su padre y un perro, que luego recogerán en el camino, vivirán una suerte de situaciones en donde el misterio de la huida de Fabio, de la Italia de su infancia y adolescencia, se iráaclarando. Las diferencias del hermano mayor con su padre, por su simpatía con los camisas negras fascistas, la traición al sindicalismo y la orientación de izquierda del difunto padre, y los golpes que recibe Fabio de su progenitor, cuando el hijo le cuenta sobre su decisión de formar parte de las filas de Duce, configurarán parte del cuadro del pasado que apenas comienza a resolverse para sus protagonistas.

El Simca 500, en el que van desde Francia hasta Italia, se convertirá en el escenario de muchos de sus desencuentros en la carretera, pero también el pequeño automóvil y su recorrido servirán para que los lectores disfrutemos de los paisajes bellamente dibujados por Alfred: el paso de ciclistas por la carretera, la parada en la orilla de un lago, el cruce del ferrocarril, la estadía y el paso por algunos pueblos, posadas y bares al lado de la zigzagueante carretera, los árboles, los campos cultivados, las nubes, los colores de cada ambiente y ruta por la que van los hermanos aparecen a los ojos del lector como otro personaje. Alfred también nos va contando algo de ese pasado que distancia a los hermanos con las conversaciones entre ambos, en donde vamos atando cabos, pero también con la irrupción cada tanto de secuencias de viñetas que nos muestran cuadros de ese pasado, de la infancia de Giovanni, de la adolescencia, de la aparente rebeldía y de la huida de Fabio.

Cada uno de los hermanos tiene algo que callar, o incluso que ocultar, pero poco a poco todo nos será develado. Viajamos con Fabio y Giovanni por su pasado y, obviamente, por su presente. La relación, que en un principio era muy tensa, terminará suavizándose con el correr de las horas, con la conversación entre dos hermanos que, al fin y al cabo, se quieren de verdad. La llegada nos deparará una última sorpresa, la posibilidad de Fabio de reconciliarse definitivamente con su pasado.
En Come Prima parece que su autor ha puesto toda la carne en el asador: un dibujo entrañable, que hace del viaje de carretera de los dos hermanos un disfrute para el lector; unos colores que aumentan las sensaciones de los que estamos leyendo; una narración íntima, serena, pero también dinámica, fuerte y contundente que muestra las profundas emociones que embargan a sus personajes, y un manejo del lenguaje de la historieta que nos hace ver y pensar el pasado y el presente de Fabio y Giovanni. Es una historia, en todos los sentidos, muy bien lograda, no en vano Come Prima fue premiada en 2014 como la mejor obra en el Festival Internacional de Cómic de Angulema (Francia), que es quizá el festival más importante de historietas en el mundo.

Fabio parece tener una última oportunidad para reconciliarse con su pasado; quizá lo logre porque al llegar a Italia ya es muy diferente al Fabio que partió de Francia, en parte de eso se trata el viaje, porque, como sabemos, no solo se trata de cambiar de un sitio a otro. Esa es la sensación que se tiene cuando se lee la última viñeta y se cierra el libro de Come Prima: no solo ha sido un viaje de Francia a Italia, también ha sido sobre todo un viaje del corazón.

Álvaro Vélez (truchafrita)